Epílogo II Tú Allanas, Yo Miento

26 5 2
                                        

Penélope se encontraba en la sala de La Mansión Rousel, en La Campiña, Naguanagua, norte de Valencia. Amamantaba al pequeño Alexis. Intentó varias veces que tomara del seno derecho, pero lo rechazaba y se echaba a llorar. «La historia se repite». Algo similar pasaba con la pequeña Aleccia, no toleraba el seno izquierdo. Así, cada uno tenía su teta preferida. Sin otra opción, permitió que el bebé tomará la leche de su envase materno de preferencia. Lo importante era que se alimentara.

Rápido se durmió. «Lo que tienen de lindos, lo tienen de mañosos». Se aprestaba a acostar al niño en el coche cuando escuchó el timbre de la puerta. Por la ventana pudo percibir luces rojas y azules. Eso le pareció curioso. No esperaba visitas de Carmilla y Sergio, que ella supiera, aún estaban de luna de miel.

Abrió, con el bebé en brazos, viendo a un rostro amigable. 

—¡Detective Ángela! —exclamó.

—¡Comisario! —respondió, enseñando sus credenciales.

La actitud de la policía era agria y agresiva. Hizo una seña y entraron varios agentes, incluida una muchacha pequeña y enjuta, con más cara de niña que de policía. Penélope se hizo a un lado y leyó el papel que la comisario le colocó al frente.

—Tenemos orden de cateo y la Orden Judicial para ejecutar la aprehensión. ¿Dónde está?

—¿Quién?

—No se haga la desentendida, señorita Mármol. Llama a Axel, sabemos que está aquí. Colabore, puede ser procesada por obstrucción de la justicia.

—Yo... yo... yo... ¿Qué? ¡No! Axel no vive aquí, no le veo desde hace casi un año, o más, no sé.

En ese momento la figura de una mujer hizo presencia en la sala, con la beba en brazos.

—¡Penny! ¿Quién vino? Hay un alboroto, despertaron a Aleccia.

Se detuvo de inmediato. Tres agentes, dos hombres y una mujer le apuntaban con sus pistolas. En la puerta, estaba Ángela Flores.

—¡No te muevas!  Axel Rousel, queda usted detenido por los delitos de asesinato y secuestro.

Penélope dejó a Alexis en el coche y enseguida se interpuso entre los policías y la figura que sostenía a su otra hija.

—¡Señorita Mármol, no interfiera!

—¡No apunte usted con un arma a mi hija!

Ángela Flores ordenó a sus subalternos bajar las pistolas.

—Penny, toma a Aleccia, ponla a resguardo y siéntate, deja a los agentes cumplir con su deber —dijo la presunta Alexa—. No hace falta la violencia, comisaria, solo no me humille delante de sus hombres. Le pido que sea una mujer quien me revise.

—¡Crespo! Espósala, léele sus derechos. ¡Bermúdez! Cachéalo, con cuidado. ¡González! Atento, que no haya sorpresas.

Los agentes atendieron las órdenes sin problemas y con eficiencia. La chica policía palpó con cuidado y cierto nivel de temor ante la expectante mirada de Ángela Flores.

—¿Y bien? —inquirió, al ver que la joven no emitía juicio sobre sus pesquisas.

Bermúdez miró con fijeza a su jefe y negó con la cabeza.

—¡No me jodas Laura! Revisa bien.

La chica repitió la acción, con los colores subidos al rostro. Volvió a negar. La comisario, molesta, guardó su arma de reglamento y chequeo por sí misma. Abrió mucho los ojos. Era cierto, allí no había nada. O sea, no había un pene sino un monte púbico. Retiró la mano con un sentimiento de vergüenza doble.

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora