Cap. 19 Ultimátum

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«De nuevo en Morgan Rousel Incorp». Dijo parasí mismo el comisario Martínez. No esperaba volver tan pronto. La duda y la sensaciónextraña que percibió en el anterior caso revivía con lentitud. «¿Qué pasa enesta empresa? Dos muertes en poco más de un mes». Estaba raro. Por más que calificaroncomo suicidio el primer deceso, la intuición policiaca, si tal cosa existía, ledecía que algo más podría estar en juego. Sino había vuelto era por lasmúltiples tareas inherentes su profesión y posición. Sin embargo, allí estaba, otravez, a merced de los caprichos del destino. «No es cuando tú quieras Fermín, escuando se debe». Pensó.

Saludó al personal de seguridad,quienes, de manera muy amable, le mostraron el acceso al estacionamiento deejecutivos. Encontró a su pupilo, el detective Morales. Un oficial muy animoso,recién añadido al equipo, parlanchín y pronto para el sarcasmo. No que fuesemuy bueno en ello, pero de vez en cuando decía algo con gracia. Aunque eso eralo de menos, al comisario le interesaba la parte suspicaz, espontánea einconforme del muchacho.

—¿Qué tienes para mí, Sergio?

—Gertrudis Santana, setenta ytres años, viuda; cargo: secretaria de presidencia. Muerte por intoxicación conmonóxido de carbón. Se quedó dormida en su vehículo, una camioneta Land RoverDefender, modelo 1988.

—¿Esa que está allí?

—Esa misma, gran jefe.

—Cuándo comprenderá la genteque, si dejas el motor en ralentí, produce mayor cantidad de anhídrido decarbono. ¿Quién la halló? ¿Los oficiales de vigilancia?

—No, no me lo va a creer. Lamuchacha de la vez anterior: Penélope Mármol —dijo Morales, sonriente.

Fermín Martínez hizo una muecade sarcasmo.

—Qué mala suerte tiene esachica.

—Ni que lo diga jefe. Ahoritamismo Ángela está tomando su declaración, en enfermería.

—Es lógico. Debe estarconmocionada. Oye, ¿Qué es esto? —preguntó el comisario, señalando dentro delvehículo.

—Exactamente lo que usted cree.La doña, hasta donde se pudo establecer, presentaba una fase inicial de cáncery le fue recomendado el uso de cannabis para mitigar los síntomas.

—Por lo visto estabacomprometida con su tratamiento. ¡Eh! ¿Cuánto contiene la bolsa? ¿Medio kilo?

—Aun no llegan los forenses, perosí, a vuelo de pájaro uno diría que esa es la cantidad.

Fermín bufó, haciendo esaextraña expresión entre sarcástica risa y desapruebo, característica en él.

—Bueno, eso explica por qué sedurmió la señora en el vehículo sin percatarse de la fuga del escape. Ellamisma emitía más humo que el motor —dijo, separándose del rústico.

Se agachó dónde estaba el cuerpoy levantó la manta. Pobre doñita, no la mató la enfermedad sino el tratamiento.Una gran y cruel ironía de la vida. Gertudis Santana tenía el semblanteapacible, al menos había muerto en paz. Vio las manos crispadas sobre la pipa. «¡Vaya!Eso se llama fumar mota con estilo».

—Ya llegan los forenses —anuncióMorales, al verlos surgir del ascensor.

—¡Bien! Te los encargo. Voy asaludar a la plana mayor. Luego pasaré por servicios médicos para entrevistar ala testigo. ¡Pendiente con las huellas!

—¡Claro que sí, gran jefe!¡Cuente con ello!

Fermín Martínez subió hasta elpiso veintiséis, ya conocía el camino y a la gente que iba a visitar. Al menoseso pensaba. Cuando entró al despacho notó a una cuarta persona, alguienextraño: Un hombre gordo de unos cincuenta años, alto, corpulento y peloensortijado. Su presencia era chocante entre tanta juventud y belleza. «BuenoFermín, al menos no serás el único viejo y feo de la partida». Pensó,refiriéndose a él mismo en tercera persona. «Aunque si serás el más bajito. ¡DiosSanto! ¿Por qué todos son tan altos? Bueno, no todos, la señora Morgana es detamaño normal». Suspiró aliviado.

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora