El encuentro sexual fue rápido, virulento y, en cierta forma, despiadado. La experiencia fue totalmente distinta a estar con Axel, cuya resistencia era mayor. ¿Cuánto duró? Dos o tres minutos, máximo. Sin embargo, ¡Mamá mía! ¡Qué intenso! Llegaron juntos en tan corto tiempo. De esa forma, la cuenta quedó en tres. «¡La única loca que lleva cuenta de orgasmos eres tú, Penny! ¡Espabila, que se te acaba la cordura! ¿Qué esto? ¿Alexa tiene un pene o usó un consolador? ¡No! Se sintió como uno real».
Aún permanecía recostada boca abajo, estaba tan tensa que no atinaba a moverse, a parte que las piernas no le respondían, eran un par de gomas elásticas, cuando recibió una respuesta que esclarecía el misterio; a medias, pero era mejor que nada.
—Soy hermafrodita, Penny. Guárdame el secreto. ¿Sí? —le susurró al oído Alexa.
Seguido le oyó recomponerse y sin más salió de la oficina, dejándola allí: tirada encima del escritorio, como una fardo olvidado.
—Cierras al salir, cariño —dijo.
Pasaron algunos minutos antes de que atinara a hacer algo. Con gran dificultad inicial, caminó hasta el baño de la oficina. Allí se aseó lo mejor que pudo, con lo que tenía a la mano, expulsó el semen, que no era mucho. Eso era una doble alarma, no solo había roto el reposo, sino que podía quedar embarazada de la hermana o hermano de Axel. O sea, era una locura. Y no que pudiera tomar la pastilla del día después. Eso estaba vedado al completo, su doctora se la prohibió terminantemente por los próximos tres meses. «Es más, si no la usas nunca, mejor». Le había dicho.
Repitió el lavado, improvisó, hasta considerar un mínimo de éxito. Palpó, introdujo alguno dedos para ayudar a sacar lo que pudiera quedar por allí, pero se hallaba tan sensible en esa zona, y con el recuerdo de la cogida cerca, terminó masturbándose hasta acabar bien rico. «Que cochina te has vuelto. Ves, ahora tendrás que lavarte de nuevo». Cosa que hizo, metió los dedos nuevamente, manteniendo el control y olfateó. «No huele a leche. ¡Bien!»
Tomó los tacones y regresó descalza a la oficina. Le daba aprensión caminar con las referidas zapatillas, estaba desposeída de equilibrio (mental y físico) y mermada de fuerzas en las piernas. Mejor pasar un poquito de vergüenza que mucho. En la oficina, en el bolso tenía unos tenis, muy cómodos, era la solución, los usaría el resto del día.
Coincidió su llegada con la salida a almorzar de María Fernanda, con quien casi colisiona. Y para su sorpresa, la Firifirita se encontraba detrás.
—¡Señorita Penélope! ¡Uy! ¡Qué susto! Casi la golpeo. El señor Rousel le dejó dicho que le esperaba a almorzar en el comedor —le anunció, llevando una mano a su pecho.
—¡Gracias, Máfer! Lucía Fernanda, ¿me puede decir donde estaba usted?
—Estaba comprando un medicamento, llegué hace poco. Lo dejé en el escritorio del señor Axel, junto con las indicaciones de la doctora.
Penélope frunció el ceño, quería agarrarla por el pescuezo y ahorcarla. Suspiró con hondura.
—¿Por qué fueron al Morgan Building?
La chica se quedó de piedra.
—¡Lucifer! —le llamó la atención Penny, un poco molesta.
—El señor Axel me ayudó a encontrar los ascensores.
—¿Y eso por qué o para qué?
—No conozco el edificio, siempre he trabajado en la torre y necesitaba contactar al motorizado de mensajería del Morgan Building para ir a comprar las medicinas.
Penélope iba a refutar y reclamar, sin embargo, reflexionó la información recibida. Ella misma no se hallaba cómoda en él, ya se había perdido dos veces. «Esta te la paso, Firifirita, pero como sigas llamando a Axel por su nombre, que te mato».
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Axel AlexA
Romance¿Cuál es la escala de la felicidad? Penélope ha cambiado, casi no reconoce la hermosa mujer en que se convirtió; sin embargo, no ha dejado de ser una tímida adolescente que cree que el amor no se hizo para ella. Un golpe de suerte le hace conocer al...
