Cap. 25 Tempistica

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Fermín Martínez sorbía su taza de café con deleite, en la zona de serviciosde la estación. Pocas cosas en la vida le causaban más placer que esa humeantebebida negra. No sabía si la leyenda era cierta, pero gracias a Dios por lascabras que se comieron las semillas y el monje curioso que las vio, al queluego se le ocurrió lanzar al fuego los frutos del cafeto, para aromatizar suestancia. Le gustó tanto el olor que decidió preparar una infusión y así laprimera taza de café. Benditos sean, monje, cabra y Etiopía.

Esta vez, primero el placer, luego eltrabajo. Además, así hacía esperar al joven empresario y ponerlo nervioso. Riopara sus adentros. «Esta amargo, y delicioso».

Dejó la taza vacía en la mesa de lacafetera. «¡A trabajar, Fermín!» se aupó. Saludó a sus pupilos y se aprestó arealizar la tarea postergada. En su oficina lo esperaba el protagonista de lamisma.

—¡Buenas tardes, señor Rousel!

—¡Comisario! —respondió Axel, muy serio.

—Cuénteme sobre lo sucedido.

—Ya me tomaron la declaración, ¿Deborepetir todo otra vez?

—Entrevista.

—¿Qué?

—Ahora le llamamos entrevista. A algúnpolítico, que de seguro no sabe nada de leyes ni de policía, se le ocurrió labrillante idea de cambiar el nombre. Imagino que así suena más bonito—respondió amargado Fermín—. En fin, no preste atención a esas pequeñeces. Meinteresa saber su perspectiva del asunto.

Axel suspiró como muestra de fastidio.

—Pues no sé qué más decirles. Hoy llegué tempranoa la empresa y me conseguí con una situación inesperada. Mi secretaria...

—Su amante... —interrumpió Martínez.

El joven hizo una mueca de desagrado yresopló. Se tomó algo de tiempo para continuar.

—...Mi amante, como dice usted, ysecretaria de presidencia había renunciado a su puesto, luego de una discusióncon mi hermana y su esposo, aparte de algunas vejaciones que fueron propiciadaspor el personal de oficina. Alarmado, fui a buscarla a su casa. Antes de llegara su domicilio, cerca de una cuadra, poco más, poco menos, la encontré hablandocon su ex. Bueno, más bien él la retenía contra su voluntad. El tipo se pusoagresivo, me defendí, lo derribé, y, aun así, a pesar de su injustificadoataque, le ayudé a subir a su vehículo. Él se fue y entonces quise hablar con misecretaria...

—Su amante...

Martínez vio como Axel entornaba los ojos.Obvio que no le gustaba que lo interrumpieran. «¡Aquí no eres el poderoso CEO!Aquí mando yo, Axelito. Por cierto, ¿Qué carajos significan esas siglas? C. E.O. Me toca buscarlo en internet luego». Pensó.

—Sí, mi amada Penélope Mármol —contestócon fastidio—. Me arrodillé ante ella para pedirle que fuese mi novia. No quieroque la llamen más la amante, quiero darle el puesto que le corresponde.

—Eso luego que, convenientemente, suesposa murió.

—Fue un accidente, usted lo sabe. No tuvenada que ver. Mi relación con Penny no es su problema. En todo caso, ser infielno es un crimen.

—Lo era. Adulterio, lo llamaban. Solo quemuy pocas denuncias se llevaban a cabo y muchas menos llegan a instanciasjudiciales y ahora sirve únicamente para divorcios y pensiones alimentarias. Sinembargo, no es por eso que está aquí. Disparó a quemarropa contra un menor deedad desarmado.

—¿Cómo qué desarmado? El tipo tenía unrevólver. Además, con ese tamaño me pareció bastante adulto. No es que lepudiera pedir la cédula para establecer si era o no menor de edad. Me apuntabaa la cabeza, estaba inmovilizado, ni siquiera podía verlo de frente.

Axel AlexAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora