Prendas con aromas

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El suave murmullo del viento andino se colaba por las ventanas entreabiertas de la cabaña, trayendo consigo el aroma fresco de la tierra húmeda y las flores silvestres. Dentro, la luz tenue de la luna llena danzaba sobre las paredes de madera, iluminando una escena de tranquila intimidad.

Minato, acurrucado bajo una manta de lana gruesa, aspiraba profundamente el aroma dulce y terroso que emanaba de la prenda que sostenía entre sus manos. Era una de las camisas de Kushina, impregnada de su alfa, un aroma dominante pero reconfortante que siempre lograba calmar su omega interior.

Desde que se habían enterado de su embarazo, kushina estaba más protectora. Minato había encontrado un consuelo inesperado en las posesiones de su alfa. Le encantaba envolverse en sus bufandas, dormir con sus chaquetas dobladas cerca de la almohada, e incluso simplemente sostener sus guantes entre sus manos, inhalando profundamente el aroma que lo anclaba a la realidad, a su alfa, a su hogar.

Kushina, que estaba terminando de ordenar algunas hierbas medicinales en la mesa, lo observó con una suave sonrisa en sus labios. Conocía esa necesidad de Minato, esa búsqueda instintiva de su aroma durante los días más sensibles del ciclo omega. Para ella, era una manifestación más del profundo vínculo que los unía, una prueba silenciosa del lazo inquebrantable que compartían.

- ¿Te sientes mejor, cariño?- preguntó Kushina, su voz grave y melódica resonando suavemente en el silencio.

Minato levantó la mirada, sus ojos azules brillando a la luz de la luna. -Mucho mejor,-respondió con una pequeña sonrisa. -Tu aroma... siempre me tranquiliza.

Kushina dejó las hierbas y se acercó, arrodillándose junto a él. Tomó la mano de Minato entre las suyas, sintiendo el calor reconfortante de su piel.

- Lo sé,- murmuró, llevando sus nudillos a sus labios para depositar un suave beso. -Y me alegra poder brindarte ese consuelo.

Durante los primeros días del embarazo, Minato había estado más sensible de lo habitual. Los aromas fuertes lo habían abrumado, los ruidos repentinos lo habían sobresaltado y una sensación de inquietud lo había acompañado constantemente.

Fue Kushina, con su paciencia infinita y su presencia firme, quien lo había ayudado a navegar esas aguas turbulentas. Ella había preparado comidas suaves y nutritivas, había mantenido la cabaña en penumbra y silencio, y lo había rodeado de su aroma, permitiéndole encontrar refugio en su alfa.

Ahora, a medida que avanzaba el mes, la intensidad había disminuido, pero la necesidad de ese contacto olfativo, de esa conexión primal, seguía presente. Para Minato, las prendas de Kushina eran más que simples objetos; eran anclas, recordatorios constantes de su amor y protección.

- Gracias, Kushina,- dijo Minato, apretando su mano. - Por todo.

Kushina sonrió, sus ojos amatista brillando con cariño. - Siempre, mi omega. Siempre.

Se quedaron en silencio por un momento, unidos por el calor de sus manos entrelazadas y el aroma inconfundible que los envolvía.

Minato cerró los ojos, inhalando profundamente el aroma de Kushina que emanaba de la camisa entre sus dedos. Era un aroma a hogar, a seguridad, a un amor que trascendía las diferencias de sus naturalezas secundarias, un lazo que se fortalecía durante esta especial etapa que pasaban juntos.

En ese pequeño rincón del mundo, rodeados de la majestuosidad de los Andes y el suave murmullo del viento, Minato encontraba paz en el aroma de su alfa, sabiendo que, sin importar nada, siempre estaría a salvo en sus brazos.

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