Cachorros

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El tenue resplandor de la luna llena se filtraba por las rendijas de las persianas, pintando franjas plateadas sobre el suelo de madera. Dentro de la silenciosa habitación, Minato se acurrucaba más profundamente bajo las mantas, el dulce y embriagador aroma de su alfa envolviéndolo como un escudo. Kushina. Incluso en su ausencia, su esencia persistía, un ancla en el torbellino de emociones que lo asaltaban.

Sus manos temblaban ligeramente mientras las llevaba a su vientre, una suave protuberancia que aún era casi imperceptible a la vista, pero que para él era un universo entero. Un cachorro. Su cachorro. El cachorro de ambos.

Un nudo de ansiedad se apretó en su pecho. Habían pasado casi seis semanas desde el anudamiento accidental durante una misión particularmente tensa. Un encuentro inesperado con un alfa salvaje, la adrenalina corriendo por sus venas, y luego… la necesidad animal, primitiva, que los había consumido a ambos.

Kushina, su fuerte y decidida alfa, había reaccionado con una posesividad instintiva, y él, su omega, se había entregado a la vorágine de sensaciones.
Al principio, el miedo lo había paralizado. Un embarazo no planificado, en medio de una guerra, con los riesgos que eso implicaba para ambos.

Kushina, siempre tan centrada en su deber como kunoichi de élite, ¿cómo reaccionaría? Para su sorpresa, la reacción de Kushina había sido una mezcla compleja de incredulidad y una ternura posesiva que le había calentado el corazón.

Ella, la alfa más formidable que conocía, se había mostrado protectora y atenta, aunque a su manera brusca y directa. Sus manos, usualmente firmes y listas para el combate, se habían posado con una delicadeza sorprendente sobre su vientre plano.

- Un cachorro,- había murmurado Kushina una noche, sus ojos amatista brillando con una intensidad nueva. - Nuestro cachorro.

Pero la guerra era una sombra constante sobre sus vidas. Las misiones se volvían más peligrosas, los enemigos más astutos. La preocupación por la seguridad de Kushina era una punzada constante en su corazón, exacerbada ahora por la fragilidad de su estado.

Un suave gemido escapó de sus labios. Los cambios hormonales lo estaban volviendo más sensible, más necesitado de la presencia de su alfa. Anhelaba su calor, su olor, la seguridad que emanaba de ella.
Se giró en la cama, buscando el lado donde Kushina solía dormir.

La almohada aún conservaba un tenue rastro de su aroma, una mezcla embriagadora de tierra húmeda y especias. La abrazó con fuerza, cerrando los ojos e imaginando su rostro fuerte y hermoso.

Recordó la última vez que la vio, hace apenas tres días, antes de que partiera para una misión de reconocimiento en la frontera. Su beso de despedida había sido apasionado y urgente, como si ambos presintieran el peligro.

- Cuídate, Minato,- le había dicho Kushina, su voz áspera por la preocupación. - Y cuida de nuestro cachorro. Volveré pronto.

- Siempre vuelves, Kushina,- había respondido él, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía.
Pero la espera era tortuosa.

Cada tic-tac del reloj en la sala de estar resonaba en el silencio de la noche como un presagio. Se levantó de la cama, sintiéndose inquieto, y caminó hacia la ventana.

La aldea dormía bajo el manto estrellado. Las luces parpadeaban en algunas casas, recordándole que no estaba solo, pero la ausencia de Kushina era un vacío palpable.
Sus manos volvieron instintivamente a su vientre.

Un pequeño milagro creciendo dentro de él, un lazo irrompible con la alfa que amaba. Un cachorro. Su responsabilidad, su alegría, su mayor temor.

Cerró los ojos, respirando profundamente el aire fresco de la noche. Tenía que ser fuerte. Por Kushina. Por su cachorro. Tenía que creer en su regreso, en su fuerza, en el destino que los había unido.
Con una determinación renovada, Minato regresó a la cama. Se acurrucó bajo las mantas, abrazando la almohada de Kushina, y esperó.

Esperó el amanecer, esperó noticias, esperó el regreso de su alfa. Esperó a su cachorro.

☆☆☆

Y con esto doy fin a esta historia, gracias por leer.

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