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A la medianoche, cuando la luna estaba alta y todos dormían, me deslicé en silencio fuera de mi cuarto. El crujir del piso, que normalmente me habría hecho detenerme, hoy no lo hizo. Nadie se despertaría. Era el momento perfecto.

Me asomé por la ventana de mi habitación, y allí estaba, estacionado frente a la entrada de la casa, el auto de Ethan. Un par de luces se encendieron al instante cuando me vio asomarme.

—¿Lista para la diversión? —me dijo Ethan con una sonrisa traviesa, asomándose desde el asiento del conductor.

—Siempre estoy lista para lo que sea. ¿A dónde vamos esta vez?- pregunté

—A donde todo comenzó, nuestro primer entrenamiento —respondió, dándome una mirada cómplice.

Arrancó el motor y, mientras nos deslizábamos por las calles oscuras, el aire frío de la noche se colaba por las ventanas bajadas. La ciudad estaba en calma, como si la oscuridad misma la envolviera.

El terreno estaba desordenado, lleno de restos de vehículos oxidados y vidrios rotos. Los faros del auto iluminaron la entrada del deshuesadero, y pude ver a lo lejos la figura de mi tío Jensen, esperándonos.

—¿Qué tal, pequeñaja? —saludó con su voz rasposa mientras se acercaba, su mirada fija en mis ojos, como si ya estuviera evaluando mis movimientos.

—Aquí para aprender —respondí, sonriendo de vuelta mientras me estiraba.

Ethan ya estaba buscando su cuchillo, balanceándolo en la mano como un experto. Yo había aprendido a lanzarlos pero aún no llegaba a su nivel. Tío Jensen había prometido enseñarme el verdadero estilo de pelea callejero, ese que no se ve en las películas.

—Vamos, ¿qué esperas? —dijo mi tío, sacando su propio cuchillo y lanzándolo con un movimiento rápido. El metal brilló bajo las luces de la camioneta que teníamos estacionada cerca.

Empezamos con el entrenamiento. Primero, lanzamientos de cuchillos al blanco: una y otra vez, asegurándonos de que la hoja se hundiera en la madera del objetivo. El sonido del metal al clavarse era satisfactorio, un recordatorio de que la precisión era clave.

—Recuerda, no es solo fuerza, —me dijo Tío Jensen mientras me mostraba cómo corregir mi postura. —La mente también tiene que estar afilada, al igual que el cuchillo-

—¿Debería dejar de pensar? —le pregunté entre risas, mientras ajustaba mi agarre.

—No. Solo asegúrate de que lo que hagas, lo hagas con intención. Cada movimiento tiene que contar- me sonrió

El entrenamiento fue extenuante, pero había algo fascinante en la disciplina que mi tío nos enseñaba. Ethan y yo nos desafiábamos mutuamente con cada lanzamiento, eramos unos competidores natos.

La brisa fría de la madrugada no parecía molestarme. El suelo polvoriento del deshuesado de autos era el único escenario que conocíamos, y mientras las sombras de los vehículos se alargaban a nuestro alrededor, la tensión de la pelea se acumulaba en el aire. Mi cuerpo, aún adolorido por el entrenamiento de cuchillos, estaba listo para lo siguiente.

Tío Jensen no perdía el tiempo. Se adelantó y se sacó la chaqueta, dejando al descubierto su camisa de tirantes. Tenía el cuerpo marcado, los músculos tensos y su mirada, como siempre, era feroz. Mientras que yo, arremangaba mis mangas negras y me colocaba unos guantes de cuero negros que dejaban al descubierto mis dedos, protegiendo mis nudillos.

—Bien, —dijo con voz grave—, ahora vamos a trabajar en el combate cuerpo a cuerpo. Ya dominaste el cuchillo, ahora quiero ver qué tan bien te defiendes sin él-

Little VictoriesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora