-Mi mamá me va a castrar... Como mínimo- (Exclamó el chico que le tocó el pene a un muerto)
-¿Cómo hago para quitar los 20 cargos a mi expediente por robo, tráfico de artefactos peligrosos, falsificación, y terrorismo?- (Exclamo la chica que es per...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
NARRADOR
Nuestro trío de agropecuarios se hallaba en el hotelucho de mala muerte en el que habían logrado ubicar a los demás, que, por si no se acuerdan de estas pobres almas son: Ino, Kiba, Shikamaru, TenTen, Hinata y Kiba.
Luego de que los tres fueron recibidos con los brazos abiertos y unas cuantas maldiciones por parte de Ino. Soltaron todo el repertorio de tragedias por las que habían pasado desde que se separaron de ellos en el casino. Ino también compartió una que otras cosillas, claro, no eran problemas a tan alta escala como del de ellos, que involucraba a la ley y la mafia.
—Conseguí el contacto del viejo tuerto gracias a unos... Contactos de dudosa procedencia de Kiba. A duras penas logré llegar a un acuerdo con él mientras me tragaba las ganas de maldecirlo en mil idiomas. Dijo que puede recogernos —explicó Ino con la urgencia contenida que muestra la gente que sabe que siempre hay prisa—. Saldremos de aquí en cuanto lo llame, sólo los estábamos esperando a ustedes.
Sakura soltó un suspiro de alivio, sentía que cada vez estaba más cerca de su tan esperada libertad. Sasuke, sonrió, apenas visible. Y Naruto... Bueno, se atacó a llorar sobre el hombro de HInata, quien apenas lo vio cruzar por esa puerta corrió a abrazarlo, siendo recibida por él con alivio y alegría contenida.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Todos los ojos se volvieron al umbral. La figura que cruzó la entrada era inconfundible: paso tranquilo, capa oscura, cabello rojo que brillaba en la luz artificial. Sasori. Pero ya no tenía la mirada asesina que los había aterrorizado en el callejón; su postura era sorprendentemente contenida. Calmado, casi aburrido.
El primer impulso fue uno solo: pánico.
—¡Un intruso!
—¡Tírenle cualquier cosa!
—¡Largo hijo de perra, no paqué extra por un playbo! —gritó Ino, mientras se armaba con un zapato de aguja.
Kiba, sin pensar, lanzó la primera lata de refresco y, como si fuera coreografía de mala comedia, la lluvia improvisada de proyectiles comenzó: latas, una almohada, una zapatilla, una funda de almohada usada... y —con la falta de juicio que caracteriza a algunos cuartos de hotel— un vibrador rosa que había quedado olvidado en una mesita.
El objeto describió una parábola humillante en el aire antes de caer junto a los pies de Sasori, que ni se inmutó.
Sasori levantó las manos, alzando la voz con paciencia que parecía gastada de tanto uso:
—¡Alto! No vine a buscar problemas.
—¿Entonces por qué te metes donde no te llaman? —gruñó Tenten, radical como siempre.
Sakura, en primera fila, con los ojos encendidos por el recuerdo de la punta blanca de la pistola, escupió:
—¡Intentaste matarme hace unas horas! ¿Qué clase de "no busco problemas" es ese? ¡Vete a la mierda puto mafioso!