Capítulo II: Un inusual compañero de baile.

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—¿A dónde vas? —dijo su madre.

—Voy a jugar afuera —mintió.

—Mantente cerca, y recuerda no recostarte debajo del árbol porque...

—Me van a salir raíces —añadió con fastidio.

Poco a poco fue caminando hacía el jardín, observando en todas direcciones con detenimiento y agudizando lo más posible su oído. De vez en vez miraba a su madre quien no le quitaba los ojos de encima, impidiendo que pudiese avanzar más allá del cerco. De repente, un leve silbar brotó de entre los árboles y le pareció divisar como un sombra revoloteaba con él; con precaución se acercó y lo examinó con sumo cuidado, pero no pudo encontrar nada allí. Nuevamente pudo oírlo, un poco más a lo lejos de donde estaba, volteó a ver a su madre otra vez para darse cuenta que estaba distraída lavando la vajilla. Empezó a dar pasos más largos y apresurados para llegar a donde creyó haber oído de nuevo aquel sonido. Al llegar, y antes de mirar hacia arriba, volvió a mirar a su madre quien todavía lavaba distraída con su propio canto. Y entonces, pudo percibir como la sombra pasó sobre ella y se alejaba rápidamente en dirección al cerco.

Solo esto basto para que ella corriera con todas sus fuerzas en persecución de esta, estaba convencida que con ella estaba el provenir de aquel silbido. De tanto en tanto cambiaba de rumbo, pues parecía como si la sombra estuviese perdida y no pudiera encontrar el camino de regreso a su hogar, cuando, en realidad, era la sombra la que hacía que Anabelle se perdiera sin darse cuenta.

Y en un momento de tonta melancolía, volteó, en balde, para ver su casa desde donde estaba parada; pero lo que la esperaba para cuando volviera a mirar al frente se hallaba más allá de sus expectativas. Su trote se detuvo de una manera tan brusca que no pudo evitar el tambalear y caer de cara al suelo. Como pudo se incorporó, y sin prestar la mínima atención a la suciedad que recogió su ropa en aquel momento, continuó lentamente avanzando asombrada por su nuevo descubrimiento. Justo allí, delante de ella, la criatura más grande y majestuosa que había visto jamás: sus pies, eran como ganchos con uñas largas y afiladas; sus brazos, como cortinas de colores brillantes formadas por un material que a la vista parecía ser la cosa más suave del mundo.

En ese instante, un tímido rayo de luz se abrió camino por una abertura del tronco, abrazando por completo la superficie de la burbuja. Un centenar de colores aparecieron sobre la cabeza de Anabelle; pareciéndole que flotaban en el aire, moviéndose de un lado a otro en una danza acuosa. La niña no hacía más que maravillarse ante tal espectáculo; frente a ella se encontraba este ser que con su música la movía a bailar, mientras el desfile de radiantes luces llenaba el ambiente de color, bañándola por completo con su tinte.

Al ritmo de su cantar, daba giros y saltos; a la vez que tarareaba, imitando a su nuevo compañero. Dirigió de nuevo su vista hacia él y vio como los destellos coloridos formaban un espejo que reflejaban su figura en medio de toda la escena. Al verse allí, traslúcida, no pudo hacer más que quedarse atónita; lo primero en pasar por su mente fue que así sería si fuese invisible. Pero se sorprendió más aun cuando, aunque ella no se movía, su reflejo empezó a hacerle gestos con la mano, llamándola con su dedo índice, le pedía que se acercase. Esto, combinado con el cantar de las luces, terminó por hipnotizarla y empezó a avanzar con pasos lentos hacia su reflejo. De repente, empezó a sentir que el suelo bajo sus pies comenzaba a cambiar, se volvía más suave y esponjoso; más adelante conocería que era el mismo jabón de la burbuja lo que estaba pisando, pero en ese momento sintió que se elevaba en el aire junto a su nuevo amigo, mientras las luces de colores la bañaban por completo.

Lo que sucedió a continuación le produjo terror y asombro, pues su reflejo extendía la mano hacía ella, como si fuese otra persona; había salido de la misma superficie de la burbuja para dejar de ser una imagen y convertirse en algo real, algo que podía tocar como cualquier otra cosa.

—Ven conmigo —le susurró—, ven conmigo.

Entonces, aquella niña igual a ella, se apartó para dejarle ver todo el panorama que tenía detrás. Un bosque encantador, o encantado si lo prefieren, se extendía hasta donde llegaba su vista; Anabelle reconocía la figura de los árboles, las flores, los arbustos, pero nada se comparaba en belleza a lo que ella ya conocía. Todo se veía tan grande y reluciente ante sus ojos. El panorama se sumó a todo lo anterior para completar el hechizo, y en su interior se formó el enorme deseo de conocer aquel mundo.

—Ven conmigo, ven. Dame la mano, ven conmigo.

El susurro se hacía cada vez más potente dentro de sus oídos, y la abrazaba, arrullándola tiernamente. Anabelle estiró la mano hacia su gemela, al mismo tiempo que ésta la retiraba de nuevo a su lugar, haciendo que Anabelle tuviera que acercarse cada vez más para poder alcanzarla. Y cuando sus dedos estaban por tocar la superficie para llegar al otro lado...

—¡NO!

...se escuchó un grito de terror a lo lejos.

ANABELLEDonde viven las historias. Descúbrelo ahora