Anabelle se quedó callada un momento, había notado como a Sebastián se le quebraba la voz y se le erizaba el pelaje; por primera vez, aunque él se seguía viendo como una marmota, sintió estar en la presencia de una persona. Entendió claramente todo el suceso, incluyendo las cosas que él no le dijo, como el hecho de que le verdadera razón por la que no pintara más era que se le había olvidado como hacerlo. Realmente quería hacerle ver la verdad, pero sabía que no le creería. Finalmente, solo se le ocurrió saber su opinión al respecto.
—Eran sus alas ¿cierto? —preguntó con voz suave.
—¿Qué?
—El viento que sentiste. Era el aleteo de sus alas.
—¿Las alas de qué? ¿Del Cóndor? ¡Bah! El cóndor habita en lo alto de las montañas, no vendría tan bajo en el bosque, es solo un truco que tienen para asustarte. Además, si viniera dudo que traiga brisa cálida desde allá arriba. Si hay algo de lo que alejarse, es de esos condenados soldados. Si ellos no hubiesen aparecido hubiésemos podido llegar al lago sin problema.
—Llévame al lago —dijo súbitamente.
—Definitivamente no eres alguien normal —dijo luego de una carcajada—, solo tú querrías ir allá después de lo que acabas de escuchar.
—Por favor, quiero conocerlo, y nada de lo que me contaste ocurrió en el lago.
—No lo sé —dijo dubitativo—. Está casi llegando a la colina, al otro lado del bosque.
—¡Mucho mejor! Nunca nos encontrarán ahí, es el lugar perfecto para quedarnos.
Aún con muchas dudas y preocupaciones, solo bastó una mirada tierna de Anabelle para convencer a Sebastián de emprender el viaje al Lago Mangata.
—Está bien, tendremos que comprar provisiones si queremos ir allá. Está a tres días de camino.
Pero al dirigirse al mercado donde acostumbraban comprar vieron que estaba siendo vigilado por una cantidad considerable de soldados. A Anabelle le preocupó el impacto que podría tener esto en Sebastián y tenía razón, a este solo le bastó verlos para que le dieran agruras en el estómago.
—¿Qué haremos ahora? —dijo ella.
—Conozco otro sitio no muy lejos de aquí.
Pronunció estas palabras rápida y secamente. Acto seguido, dio la vuelta y comenzó a alejarse. En el camino ella trató de distraerlo hablando sobre otros temas pero no obtuvo buenos resultados, por lo que permanecieron en silencio la mayoría del camino.
—Ya llegamos —dijo él—, quédate aquí mientras voy a comprar lo necesario para el viaje.
Se sentó sobre una roca y se detuvo a observar todo a su alrededor. Eran pocos los momentos en que se tomaba el tiempo de analizar su entorno, pero valoraba cada uno de ellos. Creía que de vez en cuando es necesario para apreciar lo que el mundo nos ofrece. Absorta con cada minúsculo detalle, seguía el movimiento de las criaturas en ese lugar. Cada cierto tiempo cerraba los ojos y se detenía a escuchar, oler y sentir. La vista es el sentido que nos proporciona la mayor información, pero si nos confiamos demasiado de ella podemos perdernos de muchas cosas. A ella no le gustaba perderse de nada y con los ojos cerrados podía sentir la intensidad del sol y la delgada brisa de cuando alguien pasaba a su lado. Percibía el sonido de las carretas y el olor que desprendían al pasar. La Calle de los Pobres se leía en un letrero que colgaba a la entrada del mercado.
—¿Todos aquí son pobres? —se preguntó dentro de sí.
Hasta ahora solo se había concentrado en la vida en el mercado, mas no en el aspecto de los que lo frecuentaban. Empezó a analizarlos de uno a uno mientras iban pasando frente a ella. Vio algunas marmotas, castores, unos cuantos conejos manchados y uno que otro puercoespín, las colas de las ardillas se asomaban sobre la muchedumbre y durante todo ese tiempo hubo cuervos dejando y llevando mercancía, ninguno de ellos parecía ser pobre, o rico, realmente no sabía cómo diferenciar uno del otro.
Pero había algo mucho más curioso: humanos, pero no aquellos que la buscaban, pudo darse cuenta de ello en seguida. Eran muy diferentes, extraños podría decirse.
—¿Acaso esa es la apariencia de un pobre? —pensó.
Eran peludos, muy peludos, algunos tenían pico y otros tenían cola. Unos cuantos, plumas en lugar de brazos y garras en lugar de pies. Sería muy difícil reconocer que eran humanos si no se ponía la suficiente atención, pues aun conservaban ciertas facciones reconocibles. Entonces recordó como Sebastián fue en un tiempo una persona, al igual que aquellas criaturas de aspecto extraño y que, del mismo modo que él, muy pronto dejarían de serlo. En ese momento, como si lo hubiese llamado con la mente, apareció la marmota con una canasta llena de fruta, pan y queso.
—¿Qué pasa? —dijo después de percatarse como Anabelle lo miraba fijamente.
—Trato de imaginarte sin pelo.
—Eso es un pensamiento algo inapropiado para una niña —dijo entre risas—. Hablando de pelo, el tuyo ha crecido mucho. La verdad, toda tú has crecido.
—Mi madre era quien solía cortarlo, desde que me fui de casa no le he dado mucha importancia.
—¿La extrañas?
—No sé si "extrañar" es el sentimiento correcto, pero es imposible no recordarla siempre que hago algo nuevo o voy a un sitio extraño.
—¿Cómo del que acabamos de salir?
—Sí, y ya que lo mencionas ¿cómo se supone que luce un pobre?
—Pues, no lo sé, ¿por qué lo dices?
—Vi varias personas con mucho pelo, otras con garras y plumas o con cola y pezuñas.
—¡Ah! Te refieres a los híbridos. No llevan el tiempo suficiente aquí para ser como nosotros pero se están acercando.
—¿Tú también lo fuiste, cierto?
—Supongo que sí.
—¿Y cómo fue?
—Yo... no lo recuerdo.
Sebastián se quedó pensativo y con el ceño fruncido luego de responderle a Anabelle. Realmente no recordaba cuando pasó por esa etapa; la verdad no pensaba mucho en la época cuando fue humano, no, en la época cuando fue una persona. Antes de la llegada de la niña hubiera jurado que siempre fue una marmota, así nació y así moriría. ¿Realmente había sido humano? O aquel doloroso recuerdo era solo una confusión del tiempo o un sueño; y si lo había sido ¿qué pasó? Por qué ya no lo era, o por qué lo fue en un principio. Acaso sus padres lo fueron, ¿se podía serlo de nacimiento o era por obras? Qué te hace un humano, no, qué te hace una persona. ¿Es la mente superior? ¿Las emociones del alma? ¿La fuerza del cuerpo? O eran todas estas combinadas, porque algo digno de admirar, algo realmente valioso, no puede ser el mero fruto de la fuerza o el intelecto, es la fusión de todo esto por medio de la pasión. Aquella pasión que mueve al hombre a ser más de lo que es, a llegar más lejos y más alto que los demás. Pero, qué es pasión, para algunos es amor, pero para la mayoría no es más que codicia, ambición; tener más y ser más, más grande, más fuerte, más rico. Es cierto que el amor mueve montañas, pero no hay nada más poderoso que la codicia de un hombre en su deseo por tenerlo todo.
Todas esas reflexiones inundaron desordenadamente el pensamiento de Sebastián y, por un momento, se alegró de ser una marmota y no una persona.
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ANABELLE
FantasyLa pequeña Anabelle vive en un mundo acogedor y sin contratiempos, pero pronto algo maravilloso le hará cuestionarse toda su vida y buscará la forma de salir de ella. ¿Le gustará lo que verá allí? ¿A qué peligros podrá enfrentarse? ¿Habrá valido la...
