Los vigías rompieron la formación y se esparcieron por todo el mercado como hormigas en sus túneles.
—¿La Calle de los Pobres? —preguntó el sargento en voz alta sin darse cuenta cuando echaba una mirada a los alrededores.
—Así le dicen —contestó el capitán con mirada fija en el escenario frente a él—. Un lugar realmente lamentable. Pobres que terminan siendo ricos y ricos que terminan siendo pobres. Sin importar nada gastan exuberantes sumas de dinero en cosas que no necesitan y en regalos que nadie quiere.
"Se llaman a sí mismos pobres pero gastan más dinero en un día que diez hombres en un mes; se pasean de aquí para allá, siempre aprisa, siempre buscando; buscando dónde más gastar, dónde más comer; aunque su estómago esté lleno, al igual que sus manos, nunca están satisfechos hasta que sus bolsillos queden vacíos.
"Es un pasillo eterno ramificado en un millón de pasillos más; lo que empezó como un callejón abarca ahora una ciudad completa. Todos vienen, nadie se queda; de noche se deja abandonada para que el que tenga la mala suerte de pasar sea devorado por los bandidos y asaltantes. Puedes oír las quejas de la gente, llenas de odio hacia este lugar pero lo aman, lo aman más que sí mismos, aquí buscan lo que no tienen: confianza, autoestima, la aceptación de la sociedad; la sociedad que depende de este lugar aunque ella misma la rechace, secretamente, no podrían vivir sin ella.
"Sin embargo, tienen razón en llamarla así; solo los pobres de espíritu vendrían a este lugar. Los vendedores estafan y engañan, promoviendo el consumo y la avaricia, sin importarles otra cosa que no sean ellos mismos y los compradores no volverán tranquilos hasta conseguir lo que todos tienen, pero mucho más grande y mejor. Lo que les gusta, les gusta a todos, y si a nadie le gusta di que está a mitad de precio y todos lo querrán.
"Las madres dejan sin comida a sus hijos y los padres no abastecen el hogar. Solo quieren tener, tener cada vez más cosas, más y más cosas. Al final del día no tienen nada, ni dinero, ni comida, ni energía y mucho menos... dignidad.
De pronto, un hombre de uniforme llegó corriendo a toda velocidad desde el este, distrayendo a los atentos oyentes del capitán. Apenas se hubo detenido, apoyó las manos en las rodillas, jadeando de cansancio.
—Señor... tenemos una emergencia... en el sector 3 —dijo tratando de tomar aire a cada palabra.
—¡¿Del sector 3?! —dijo el sargento— Pensé que ese sector ya estaba asegurado.
—¿Qué sucedió?
—El Cóndor señor, un mujer dice haberlo visto. Afirma que se llevó a su hijo, al mayor.
—¡¿Qué?! Debemos ir de inmediato —exclamó para luego mirar al capitán en busca de aprobación.
—Un momento... ¡Cabo! —el muchacho corrió a la voz del capitán— Le dejo a cargo de la operación; reúna todos los datos que consigan los vigías y envíelos al cuartel de inmediato. Si hay alguna pista de la niña no dude en seguirla.
—Como ordene señor.
—Recuerde —le dijo mientras se acercaba suavemente—, que es mi hija la que está perdida, póngase en mi lugar y actúe a consecuencia.
Dichas estas palabras, él y los otros salieron disparados corriendo hacia el lugar donde ocurrió el altercado. Cuando finalmente llegaron el sitio lo encontraron devastado, al igual que a sus habitantes. Tres casas se encontraban destruidas y otras dos estaban en llamas. Una mujer gritaba desconsoladamente buscando a su hijo pero nadie parecía escucharla, toda la comunidad ocupaba su concentración en apagar el fuego. Cientos de escombros yacían por todo el lugar y el humo era sofocante, denso y oscuro, llenaba las caras de hollín dejándolas casi irreconocibles. Al hombre que entregó el mensaje le pareció curioso la gran cantidad de plumas negras dispersas por todo el suelo, todas de distintos tamaños pero teniendo algo en común.
—¡Está hirviendo! —exclamó adolorido cuando, intentando tomar una, se quemó la mano— Debe ser la temperatura en el ambiente, el incendio lo está calentando todo.
—No, es más que eso —dijo el capitán restándole importancia en el momento—. Es mejor que ayudemos a apagar el incendio.
—No, nosotros lo haremos, será mejor que usted se encargue de la mujer —le aconsejó el sargento—. Está devastada, le sería de mucha ayuda.
Convencido por el consejo de su compañero se acercó a la pobre señora que, ya callada, yacía agachada junto a los destrozos de una casa, llorando con gemidos casi inaudibles cubierta de pies a cabeza de polvo negro.
—Venga por acá madame, acompáñeme por favor.
Se la llevó al patio que estaba a la entrada del pueblo, lo suficientemente alejada como para no oír el alboroto de la gente en su lucha contra la llamas. Constaba de una hermosa fuente rodeada de bancos para sentarse y muchas áreas verdes. Sin embargo, el olor podía sentirse hasta allí y una columna de humo subía casi sobre sus cabezas. El capitán sacó un pañuelo de su bolsillo, lo mojó en la fuente y se lo ofreció a la mujer. Con mano temblorosa lo aceptó, aun afectada por lo sucedido, y lo usó para lavarse la cara.
—Lamento mucho lo de su hijo —le dijo finalmente al sentarse junto a ella.
—Era tan joven, tal dulce, no merecía que le pasara esto; él...
Las lágrimas se amontonaron en sus ojos y la tristeza en su garganta impidiéndole continuar. Cualquier otro hubiera dicho palabras alentadoras, reconfortantes quizás, para darle consuelo a la mujer y detener sus lágrimas; él no lo haría, él conocía lo importante del llanto y como si no se tiene el tiempo suficiente para llorar el tiempo de risas no llegará. El dolor se acumula y oprime al corazón, impidiéndole sanar.
—¿Por qué pasó esto? Se suponía que estábamos protegidos, se suponía que ese... animal no podría llegar aquí. ¿Por qué se lo llevó? ¡¿Por qué?! —le gritó indignada.
—La entiendo perfectamente. Sin embargo debe comprender que aunque estemos alejados de la mayoría de los peligros no estamos aislados del mundo, existen muchas cosas que no podemos evitar.
—Ustedes nos dijeron que si veníamos aquí estaríamos seguros, traje a toda mi familia acá para protegerla. ¿Por qué se ha llevado a mi hijo?
—Puede que haya traído a su hijo pero él tenía que venir por decisión propia. Todos somos libres de tomar nuestras propias decisiones. El Cóndor nunca se atrevería a tocar a alguien que esté bajo la protección del Consejo, puede que haya sido él el que se alejó en primer lugar.
—Él no lo haría, él... no me haría eso —nuevamente un nudo en su garganta la detuvo y le dio tiempo para pensar—. ¡Sí se puede vivir en aislamiento! —afirmó repentinamente— Usted mismo es uno de ellos. Nos han hablado mucho de ello aquí ¿Por qué no nos llevan allá todavía?
—Hemos tenido problemas para completar su construcción, numerosos ataques se han efectuado para impedirlo. Pero no se preocupe, eso es muestra de que vamos por buen camino. Cuando el enemigo se da cuenta que nos alejamos de él, hace todo lo posible por detenernos, mantenernos a su nivel.
La mujer lo miró directamente a los ojos por un momento y, aunque sus lágrimas habían cesado, aún se podía percibir el enorme dolor en sus ojos sin brillo. Las palabras del capitán podían parecen duras en un momento como ese, aun así él estaba a favor de la honestidad; mientras antes se esté consciente de la verdad mucho más fácil será afrontarla y buscar cómo solucionarla; o en su defecto, aprender a vivir con ella. Lamentablemente, en ese mismo momento se dio cuenta que no había seguido esa teoría con su propia hija; quizás si ella hubiese sabido la verdad su curiosidad no la hubiera incitado a salir.
El alma del capitán estaba turbada, creía que su consuelo no había sido tan bueno como de costumbre, con la desaparición de Anabelle le resultaba cada vez más difícil animar a otras personas con sus palabras; y, por encima de todo, sentía la enorme decepción de que el tan deseado aislamiento, el proyecto de toda una vida, había sido un total fracaso.
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ANABELLE
FantasíaLa pequeña Anabelle vive en un mundo acogedor y sin contratiempos, pero pronto algo maravilloso le hará cuestionarse toda su vida y buscará la forma de salir de ella. ¿Le gustará lo que verá allí? ¿A qué peligros podrá enfrentarse? ¿Habrá valido la...
