Pov Júlia:
La luz azul de la pantalla de mi portátil era lo único que mantenía a raya la penumbra del salón. Eran casi las diez de la noche y mi pequeño piso de Barcelona, un tercer piso sin ascensor en el barrio de Gracia, parecía más bien la sucursal caótica de un juzgado de guardia.
A mi alrededor, sobre la mesa de madera desgastada, se amontonaban archivadores de anillas, folios emborronados con anotaciones al margen y tres tomos del Código Civil que pesaban más que mi propia paciencia.
Acababa de empezar como abogada júnior en un bufete del Paseo de Gracia y las horas extras se habían convertido en mi nueva sombra. Mi espalda protestaba con cada pequeño movimiento y los ojos me escocían por el esfuerzo.
Pero me negaba a cerrar el último expediente, necesitaba dejarlo todo resuelto hoy porque mañana por la tarde mi mente no estaría para herencias ni para litigios de propiedad intelectual. Mañana mi cabeza, mi corazón y cada uno de mis nervios estarían en el Camp Nou.
La llave giró en la cerradura cuando todavía me faltaban doce páginas por revisar, dos cláusulas que no terminaban de convencerme y una conclusión que llevaba casi veinte minutos reescribiendo sin conseguir que sonara menos enrevesada. No me asusté porque, por la hora que era, solo había otra persona en todo el mundo, después de mis padres, que tenía una copia de esa llave y la confianza suficiente para entrar sin llamar.
La puerta se abrió despacio, dejando pasar el murmullo lejano de las calles y apareciendo en la penumbra una figura espigada vestida con una sudadera gris tres tallas más grande de lo necesario. Llevaba la capucha puesta, un intento inútil de pasar desapercibido que a estas alturas ya se había convertido en un tic. En las manos sostenía una bolsa de papel de la que emanaba un olor glorioso a comida caliente.
—Como seas un ladrón, te aviso de que has elegido fatal el piso —advertí sin apartar los ojos de la pantalla—. Lo más valioso que tengo son dos códigos comentados y todavía no he terminado de pagarlos.
—Qué pena, yo que venía a hacerme con un alijo importante de joyas —escuché la voz de Pedri mientras sus pasos se iban acercando.
Pedri cruzó el salón como si estuviera en su propia casa, algo que, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que pasaba allí y que conocía mejor que yo el contenido de algunos armarios, tampoco se alejaba demasiado de la realidad.
En una mano sostenía una bolsa de comida y, en la otra, la copia de las llaves que yo misma le había entregado cuando me independicé.
"Solo para emergencias", le había dicho entonces.
Pedri había decidido que impedir que me alimentara a base de café constituía una emergencia perfectamente válida para entrar en mi piso sin llamar al timbre.
Se detuvo detrás de mi silla y se inclinó para observar la pantalla por encima de mi hombro. Antes de que pudiera preguntarle qué estaba haciendo, dejó un beso en mi coronilla y apoyó la bolsa sobre el único rincón de la mesa que no estaba ocupado.
—Pedri —suspiré, dejándome caer contra el respaldo de la silla— ¿Qué haces aquí? Deberías estar descansando. Mañana jugáis contra el Bayern.
El olor a croquetas caseras y pollo asado inundó la estancia, haciendo que mi estómago protestara ruidosamente.
—Te traigo la cena, ratoncita —murmuró, intentando esconder una risita ante la protesta de mi estómago—. Sabía perfectamente que a estas horas estarías aún sin haber comido naca y con cero intenciones de hacerlo. Anda, cierra eso —añadió, señalando a mi portátil—. Las letras no alimentan, letrada.
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One Shots (+18) | Multifandom
FanficHistorias breves sobre: - Steve - Joe Keery - Eddie - Joseph Quinn - Billy - Dacre Montgomery - Pedro Pascal - Matty Healy - Carlos Sainz - Otros (vuestros pedidos) RECORDAR QUE TODO ES FICCIÓN
