Carlos Sainz Jr. - Un error de Cáculo - Parte I

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Ana:

Todo el mundo sabe cómo funciona la polémica del GP de Mónaco: un circuito donde es prácticamente imposible adelantar pero que, aun así, sigue siendo uno de los que más afluencia de gente registra de todo el calendario. Atrae a partes iguales a millonarios excéntricos y a aficionados mundanos, consolidándose como una de las citas más esperadas de la temporada. Pero a mí, ahora mismo, me importaban más bien poco los VIPs, lo ostentoso del evento y el postureo crónico que inundaba el principado. Lo único que me importaba era hacer bien mi trabajo como periodista deportiva; la fiesta no empezaría hasta la noche.

Yo seguía firme en mi puesto en el corralito de medios tras el final de la carrera, preparada para la ronda de entrevistas breves que la FIA nos permite hacerles a los pilotos. Aquello era un hervidero de periodistas de todo el mundo, un caos de cables por el suelo y pilotos desfilando de un micrófono a otro casi en modo automático, con el mono bajo y la adrenalina aún templándose.

Acababa de terminar de entrevistar a Charles Leclerc. El monegasco se retiró con un gesto amable para ir en dirección a otra televisión, cruzándose por el camino con Carlos Sainz Jr. Ambos se dedicaron una sonrisa de complicidad antes de que el madrileño se dirigiese hacia mí. En el segundo exacto en el que hicimos contacto visual, su sonrisa se esfumó de un plumazo, se le tensó la mandíbula de forma latente y clavó sus ojos oscuros en los míos.

— Es que es verte y le cambia la cara. Lo tienes hasta el moño —susurró Miguel detrás de mí, pegado al visor de la cámara. Noté perfectamente cómo ahogaba una risita burlona.

— Shhh. Tú céntrate en tu trabajo y déjame hacer a mí el mío —respondí en voz muy baja.

Mientras Carlos terminaba de recortar los pocos pasos que nos separaban, clavé mis pies en el suelo y aferré el micro con fuerza en mi mano preparada para mi breve ronda de preguntas para él. Y, todo sea dicho, yo tampoco le dirigí ninguna sonrisa, mi mirada era tan gélida y penetrante como la suya.

— Carlos, un domingo de muchísima frustración —dije sin titubear en cuanto Carlos estuvo frente a mi—.  Estabas defendiendo una quinta posición fantástica con el Williams, pero tras la parada en boxes te hemos visto caer hasta la undécima plaza, fuera de los puntos. El equipo te llamó en la vuelta 45 para cubrir el undercut de Hamilton, pero finalemte decidisteis que te quedaras fuera dos vueltas más. ¿De quién ha sido la responsabilidad de ese error que te ha costado los puntos? ¿De tu equipo o simplemente ha sido una mala decisión tuya al volante?

— A ver, Ana —se recolocó la gorra mientras dijo mi nombre con una dureza cortante—. Desde fuera, a través de las pantallas de televisión, es muy fácil hablar de errores. En la vuelta 45 las nubes se estaban cerrando sobre el circuito y si entrábamos a boxes y dos vueltas después salía un coche de seguridad por la lluvia, nos habríamos quedado los últimos. Decidimos estirar el stint arriesgando para intentar ganar algo grande. En Williams estamos intentando pelear para volver a la zona alta de la parrilla. Y tenlo claro, ganamos y perdemos juntos, no hay culpables individuales.

— Dices que arriesgabais por la lluvia, pero la telemetría oficial de la FIA mostraba que tu neumático trasero izquierdo ya estaba sufriendo un graining severo y estabas perdiendo casi un segundo y medio por vuelta en el segundo sector  —le sostuve la mirada y ladeé una sonrisa de suficiencia—. Aguantar en pista con las gomas destrozadas no era arriesgar por la lluvia, Carlos, era la crónica de una muerte anunciada en un circuito tan crítico como Mónaco. ¿No será más bien que tu confianza en los estrategas del equipo es tan baja que prefieres ignorar sus llamadas por radio y jugártela a ciegas?

— Es increíble. De verdad —soltó una risa amarga y dio un paso al frente, casi invadiendo mi espacio—. Es increíble lo que te gusta buscar la polémica donde no la hay. ¿Tú te crees que a trescientos por hora, con los brazos destrozados por el rebote del coche en los baches de Montecarlo, tengo tiempo de pensar en si confío o no en mi ingeniero? Tomamos una decisión con los datos que teníamos en ese segundo. No salió bien, ya está —apretó con fuerza la barrera que nos separaba con sus fuertes manos, lanzándome una mirada que sentí que me quemaba viva—. Pero claro, a ti te da igual la lógica de carrera. Tú ya venías de casa buscando hacerme quedar como el piloto arrogante que va por libre, como haces en cada Gran Premio.

One Shots (+18) | MultifandomHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora