Fragmento: Día Uno.

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En algún momento de la tarde, la puerta se abrió y Leopold, ataviado con ropa de invierno, entró junto a Max, con los patines de hielo de la mano. Inmersos en su conversación, esperaron encontrarse a Alaric y Jewelry listos para salir hacia la pista de patinaje; sin embargo, su conversación se detuvo y sus sonrisas desaparecieron cuando vieron a Alaric sentado ante el piano, con la tapa bajada, componiendo y componiendo a tal velocidad que apenas podía seguirse el ritmo de su obra. En la esquina del salón, el árbol de Navidad no estaba iluminado, aunque llamaba la atención, entre el sofá y la mesa. Leopold pestañeó, dejando sus patines en el suelo.

—Alaric, se supone que tenemos que marcharnos a las siete. ¿Está Jewelry duchándose o algo así? —preguntó, comprobando la hora en su teléfono móvil; el espontáneamente planificado cumpleaños de Alaric empezaría tarde, sin dudarlo.
Alaric dejó de escribir con su mano izquierda, por un momento.

—No—dijo al poco tiempo, sin mirarlos a la cara —No está en la ducha.

Max echó un vistazo. Todo estaba muy… desorganizado. No era propio de Alaric dejar las cosas así, con todo tirado por el suelo. La televisión estaba encendida en el canal del tiempo, donde un simpático presentador anunciaba mejores temperaturas para el día siguiente. Había dos tazas sucias en el fregadero de la cocina, pero él no pareció darse cuenta de todo eso mientras escribía, clavando su mirada en el papel, que rápidamente se estaba llenando de notas y acordes. Leopold empezó a cabrearse.

—Bueno, ¿y dónde está?

Alaric llegó al borde de la página, rozándola con su mano derecha para poder darle la vuelta rápidamente y seguir escribiendo. Entonces, dudó por un instante, antes de coger otra hoja llena de notas.

—Se ha ido —les dijo, antes de apoyar el lápiz y seguir escribiendo.


Fin del Día 1.

No iré a casa sin ti

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