Capítulo 15

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Asuntos familiares.




Alaric estuvo cinco minutos dubitativo en el coche, hasta que decidió salir de él, abandonando la calidez del interior con el frío del exterior. Jewelry lo siguió al instante, pues no quería sentirse tan sola como el niño que espera a que su madre haga la compra. La chica aumentó el ritmo, para alcanzarlo. Habría estado bien poder animarlo, poder decirle algo que lo inspirara y animara, pero, mientras le miraba la espalda, su mente se quedó en blanco y su boca se secó, sintiéndose cada vez más mareada; ¿qué iba a decir ella, cuando conociera a la familia de Alaric?

Pasó otro instante de quietud, antes de que Alaric se decidiese a levantar la mano y llamar al timbre. Ambos se sobresaltaron cuando empezaron a sonar ladridos y aullidos desde dentro, que duraron diez, veinte segundos, un minuto entero, pero, sorprendentemente, nadie salió a recibirles. Tal vez estuvieran callando a los perros. Alaric dejó escapar un audible suspiro y rebuscó las llaves en el bolsillo y Jewelry le observó investigando el llavero: la llave del apartamento, la del buzón, la de su coche, la del coche de alquiler. Finalmente, escogió una llave plateada, que nunca le había visto usar, que encajó en la cerradura perfectamente.

—Y tú que pensabas que cambiarían las cerraduras... —musitó, girando el pomo y dudando sólo un momento, antes de abrir la puerta.

Jewelry pensó que claramente nadie iba a cambiar la cerradura, si habían estado esperando su vuelta todo este tiempo. Inmediatamente, tres seres peludos se acercaron a él, mezclando ladridos con gemidos, moviendo las narices y los rabos, deslizándolos y corriendo por el suelo. Alaric levantó la mano y los perros- un terrier gris, un pomerano y un husky siberiano, con un ojo azul y el otro amarillo- se sentaron, moviendo las colas con alegría.

—Sentados—les dijo tranquilamente y ellos obedecieron, mirándolo con expectación. Entonces, se giró y le dijo a Jewelry que entrase, pues la joven se había quedado sola por miedo a que la mordieran. El pomerano ladró una vez, pero la fija mirada de Alaric lo silenció —Lo siento —señaló al husky —Andante —al pomerano —Allegro—
y al terrier —y Caprice.

—¡Qué lindos! —gritó Jewelry, tratando de acariciar al husky, aunque temblando cuando se la lamió —Eh...

—Tranquila, no te harán nada —dijo Alaric, antes de acercarse más y recibir el caluroso afecto de los tres perros, que se dejaron de remilgos y se abalanzaron sobre él —¿A que no?— les preguntó, asegurándose de demostrarles el suficiente cariño para que le dejaran tranquilo un rato —No son los mejores perros del mundo, pero se portan bien —miró a su alrededor, antes devolver hacia los felices animales —¿Dónde están Largo y Forte? —preguntó. El husky gimió con pena y se marchó, haciendo que los otros dos lo siguieran. No se alejaron demasiado; los tres llegaron al salón y se plantaron delante de un sillón vacío, recostándose y pareciendo muy tristes. Jewelry sintió una puñalada en su corazón. Claro... Los animales sufrían cuando sus dueños se marchaban... Alaric se levantó y se secó las manos en los pantalones.

—Recuérdame que me las lave, antes de que toque a alguien —dijo él y ella asintió, observando a su alrededor.

Ambos se encontraban en un recibidor bastante amplio y espacioso. A su izquierda había una sala de recreo muy bien decorada y, como la joven había esperado, con un precioso piano negra en una de sus esquinas. Fuera de allí estaba la cocina, perfectamente equipada y con una encimera en el centro, a modo de isla. Se encontraba rodeada de enormes ventanas que ofrecían una maravillosa vista de postal. A su derecha había una escalera que llevaba al segunda plata de la casa, aunque, desde donde se encontraba, Jewelry sólo podía ver un largo pasillo cubierto de un tapiz muy cuidado. Justo cuando Alaric pensaba dirigirse al pequeño baño, que se encontraba entre el salón y la cocina y Jewelry estaba tan preocupada de que alguien la encontrara esperando, sola, que lo esperó en la puerta, mientras él se secaba las manos.

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