Lo que queda (2007)

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Su padre telefoneaba los miércoles por la tarde, entre ocho y ocho y cuarto. En los últimos nueve años se habían visto pocas veces, la última hacía mucho, pero cuando sonaba el teléfono en el pisito de Ryan, nunca quedaba sin respuesta. En las largas pausas de la conversación reinaba el mismo silencio a ambos lados de la línea, un silencio sin ruido de televisiones, radios o invitados que hicieran tintinear platos y cubiertos.

Ryan se imaginaba a su madre oyendo la conversación sentada en el sillón, los brazos apoyados en los del asiento y la misma expresión inmutable, como cuando Juiliette y él iban a primaria y ella se sentaba en la misma butaca para oírlos recitar poemas de memoria, que Ryan se sabía perfectamente y Juiliette, inútil para todo, no, por lo que se quedaba callada.

Y todos los miércoles, cuando colgaba, Ryan se preguntaba si el sillón seguía teniendo aquel estampado de flores de azahar, que él recordaba ya gastado, o si lo habían cambiado. Y se preguntaba si sus padres habían envejecido. Sí, habían envejecido, se lo notaba a su padre en la voz, más lenta, más cansada, y en la manera de respirar, ruidosa, cada vez más parecida a un jadeo.

Su madre lo llamaba de tarde en tarde y sólo para hacerle las preguntas de marras, siempre las mismas: si hacía frío, si había cenado ya, cómo iban las clases. Las primeras veces Ryan contestaba que allí se cenaba a las siete, luego simplemente que sí.

—Diga —contestó en italiano. No era necesario hablar en inglés. Su número de teléfono lo tenían como mucho diez personas, a ninguna de las cuales se le ocurriría llamarlo a aquellas horas.

—Soy yo, tu padre.

El tiempo que la respuesta tardaba en llegar era casi inapreciable. Ryan se decía que tendría que medirlo con cronómetro, para calcular cuánto se desviaba la señal de la línea recta de más de mil kilómetros que lo unía a su padre, pero siempre se olvidaba.

—Hola, ¿cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Bien... ¿Y mamá?

—Ahí está.

En este punto siempre tocaba el primer silencio, como bocanada de aire tras un largo buceo.

Ryan empezó a rascar con la uña el arañazo que tenía la mesa, a un palmo del centro. No sabía si lo había hecho él o los anteriores inquilinos. Bajo el barniz se veía ya el aglomerado, que rascaba sin sentir dolor. Cada miércoles ahondaba el hoyito fracciones de milímetro, aunque para atravesar aquella mesa redonda no bastase una vida entera.

— ¿Qué, ya has visto amanecer? —le preguntó su padre.

Ryan sonrió. Era una broma que se gastaban siempre, quizá la única. El año anterior, George había leído en un periódico que el alba del mar del Norte es un espectáculo sublime, y aquella noche le leyó el artículo al hijo por teléfono. Tienes que verlo, le encareció. Desde aquel día se lo preguntaba a veces, ¿qué, lo has visto? Ryan contestaba que no; su despertador sonaba a las ocho y diecisiete, y el camino más corto a la universidad no pasaba por la costa.

—No, aún no.

—Bueno, tampoco se va a escapar —repuso George.

Ya no supieron qué más decirse, aunque no colgaron de inmediato. Ambos aspiraron un poco de aquel afecto que aún pervivía entre ellos, un afecto que se diluía en cientos de kilómetros de cable coaxial y al que alimentaba algo cuyo nombre ignoraban y que, bien pensado, quizá ni existía ya.

—Pero no te lo pierdas —concluyó George.

—Tranquilo.

—Y cuídate.

La soledad de los números primos||Adaptación Ryden||Donde viven las historias. Descúbrelo ahora