Capítulo Diecinueve

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Nunca había pasado desapercibida entre la gente.

Era algo que no podía controlar, mi condición sobrenatural, el hecho de ser un hada, atraía a todo aquel que estuviera cerca de mí. Era inevitable, no podría controlarlo.

Estaba acostumbrada a que las hadas atrajéramos a los humanos de forma magnética, lo hacían de forma inconsciente. Por eso yo era la que evitaba situaciones extrañas, me alejaba de ella y ponía la cordura que los humanos parecían perder.

Esta era una de esas ocasiones en las que debería hacerlo, poner distancia y no darle atención a alguien que estaba fascinado por lo que era sin saberlo.

Supuse, sobre todo por la expresión de Lydia, que el chico que teníamos delante era el alumno nuevo del que me había hablado. Tampoco recordaba haberlo visto antes, aunque no es que me fijase en la gente de mi alrededor, en West Salem ya había hecho un gran paso en ese sentido.

Miré al chico, mis ojos verdes entraron en contacto con los suyos, observándonos en silencio. Era alto, más que nosotras, por lo que bajó la cabeza para centrarse en mí. Sin saber la razón, aparté la vista de inmediato. De reojo vi cómo eso ensanchaba su sonrisa, le hacía gracia y le aparecieron unos pequeños hoyuelos en las mejillas como los que les salían a los niños pequeños cuando se divertían.

—¿Os ha comido la lengua el gato? —habló para después reírse a carcajada limpia, haciendo que el cabello, castaño y ligeramente ondulado, se le cayese encima de la frente.

—Yo soy Aerith —respondí muy segura. No entendía qué quería o por qué estaba preguntando por mí.

—Sabía que eras tú. —El chico volvió a reírse y se notaba que se divertía con la situación—. Solo estaba intentando hacer la situación más cómoda, estáis muy tensas. ¿Es por mi gran atractivo? —soltó—. Suele afectar, lo entiendo, pero después de la sorpresa inicial a la gente se le pasa y actúa con normalidad, o coquetean conmigo. Rompéis mis estadísticas, no me gusta.

—¿Cómo sabes mi nombre? —No me importaba nada de lo que había dicho, solo me interesaba eso. Lo miré de nuevo a los ojos castaños, esta vez sin apartarla, y noté algo extraño—. Yo a ti no te conozco, ni sé tu nombre.

—No sé si lo sabéis, aunque seguro que sí, una cara como la mía no se olvida con facilidad, pero como iba diciendo soy nuevo en el instituto y en West Salem —explicó—. En recepción me han dicho que no era el único alumno nuevo este año, que también llegó una chica llamada Aerith con el pelo rojo. Eres la única pelirroja del lugar, o al menos la única que he visto hasta ahora...

Por lo que me había contado Lydia al poco de conocerme, en una ciudad como esta no era normal que en un período de tiempo tan corto llegasen dos nuevos alumnos a un instituto donde todos se conocían desde pequeños.

—Si te han dicho mi nombre para que te ayude a instalarte, enseñarte donde están las aulas o algo parecido, no creo que te sirva de ayuda —sentencié y señalé a Lydia—. Ella te será de más utilidad, es la que me enseñó todo, yo sigo sin saber dónde están la mayoría de sitios.

—¿Y si quiero que seas tú la que me enseñes esto? —sugirió—. Los dos nuevos alumnos juntos, aprendiendo cosas de este gran instituto en buena compañía, conociéndose, haciéndose amigos...

—Corta el rollo. —Levanté una ceja al ver que volvía a reírse, que estaba comportándose así queriendo para hacerme sentir incómoda, quizá era su forma de llamar mi atención—. Estoy segura de que Lydia te ayudará encantada, ¿verdad?

—Puede. —Lydia se cogió un mechón de pelo y empezó a moverlo en círculo mirando al chico—. Si me dice su nombre, claro. No puedo ayudar a nadie sin saber cómo se llama, no sería adecuado ni educado.

Inolvidable ¹Donde viven las historias. Descúbrelo ahora