Cuando Eileen Hamilton conoció a la hermana menor de su prometida esa fatídica noche de jueves, jamás imaginó lo que le esperaba.
Y es que Judy Abbot no era una muchacha común y corriente. Era alegre, divertida, risueña... molesta, fastidiosa, insu...
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No había vuelto a oír de Judy por un par de días, y quería pensar que eso era algo bueno.
Sólo quería, porque a fin de cuentas, siempre terminaba pensando que había sido demasiado dura con la muchacha, aunque en momentos de completa cordura, se diera cuenta de que no era así.
Había analizado la situación una y otra vez en un intento de quitarse cualquier duda. No había sido grosera o hiriente con la chica. Simplemente había aclarado las cosas entre ellas de la forma más madura que se le había ocurrido. No había nada malo en eso.
Había logrado concentrarse en su trabajo un poco mejor que la semana anterior. Aún tenía a su condenado jefe sobre las espaldas, monitoreando prácticamente cada uno de sus movimientos dentro de la empresa. Eileen se sentía ofendida y molesta, pero sabía que demostrarlo sólo empeoría su ya precaria situación.
Era viernes por la noche y todo lo que deseaba era llegar a casa para descansar. Darse una ducha, comer algo, y dormir. Sonaba como el paraíso para ella.
Beatrice estaba terminando de coordinar un par de cosas con Óscar, el wedding planner, aunque se despidió de él y colgó el teléfono cuando la vio entrar por la puerta.
—Buenas noches—saludó al acercarse, besando su mejilla, como siempre al recibirla—. ¿Cómo estuvo tu día...?
—Ugh...—fue la primera 'palabra' que se le ocurrió para describir su jornada, mientras dejaba su maletín a un lado para quitarse su saco—. Extenuante, como los anteriores.
Beatrice se dirigió a la cocina para colocar agua en la estufa. Siempre le preparaba un té de tilo cuando veía que había tenido un día difícil. Eileen no pudo evitar formar una pequeña sonrisa ante eso.
—Judy estuvo aquí hace un rato—comentó su prometida desde la cocina, mientras la escuchaba sacar un par de tazas de la alacena—. Se veía... bastante apagada, si me lo preguntas.
Eileen no había preguntado. No porque no deseara saber o no se preocupara, sino porque estaba intentando quitarse aquello de la cabeza. Pensaba que en su hogar estaría libre, pero se dio cuenta de que debió pensar mejor.
—Uhm. Vaya—contestó de manera un poco distraída, sin saber muy bien qué decir—. No sé por qué será.
—¡Ni yo!—aseguró Beatrice desde la cocina, mientras apagaba la estufa y servía el té—. Es muy extraño, ¿sabes? Me preocupa un poco.