Cuando Eileen Hamilton conoció a la hermana menor de su prometida esa fatídica noche de jueves, jamás imaginó lo que le esperaba.
Y es que Judy Abbot no era una muchacha común y corriente. Era alegre, divertida, risueña... molesta, fastidiosa, insu...
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Sabía que aquel lugar era prácticamente ajeno. Judy se lo había mostrado una vez, y a nadie más, según le había dicho.
Pero según recordaba cada vez que estuvo en ese lugar se sintió en paz. Tranquila. Como si hubiese ingresado a otra dimensión que hasta ese momento desconocía por completo.
Había tenido que quitarse los tacones para subir por la colina, pero no le dio mucha importancia. Sin embargo, pudo escuchar ruidos en la cima, y se detuvo por un momento. ¿Sería posible que alguien más hubiera descubierto aquel diminuto paraíso tan bien escondido?
Bueno, estaba armada con unos Louis Vuitton y probablemente podría lanzárselos a un intruso, pensaba mientras terminaba de subir con una pequeña sonrisa.
Cuando llegó a la cima, se sintió tan sorprendida como aliviada. Allí sólo se encontraba Judy, dándole la espalda, aparentemente muy concentrada en el paisaje frente a sus ojos. Eileen aclaró su garganta para anunciar su presencia, sobresaltándola un poco.
—¡Ah, Eileen!—soltó la chica al volverse hacia ella, con una cámara digital en sus manos—. No pensé verte aquí, creí que estarías trabajando...
—Probablemente debería, pero no podía concentrarme. Tuve unos... inconvenientes—admitió entonces con una pequeña mueca, acercándose un poco—. ¿Y tú? ¿Qué haces por aquí?
Judy la observó con curiosidad, antes de bajar la vista un momento hacia el objeto en sus manos y mostrárselo.
—Mi madre me la regaló esta mañana—dijo entonces, formando una pequeña sonrisa—. Me dijo que fotografiara todo aquello que me guste.
Acto seguido procedió a maniobrar con su cámara nueva y tomar una foto de la mujer a su lado, aún sonriendo. Eileen se sobresaltó ligeramente, confundida al principio, antes de sentir que un sonrojo se hacía espacio en sus mejillas.
—Ja. Muy graciosa—farfulló luego de un momento, apartando la vista mientras negaba levemente con su cabeza.
—Gracias, pero yo no dije ningún chiste—aseguró la muchacha, encogiéndose de hombros ligeramente—. Espero que no te moleste que te tome fotos a veces.
Eileen chasqueó su lengua sonoramente ante esas palabras, como si quisiera restarles importancia o credibilidad. Procedió a sentarse sobre el césped con un suspiro, notando que su acompañante hacía lo mismo momentos después.