Me acomodé el cuello de mi buzo mientras me dirijía a la sala donde dejé a Delfina y Eduardo. Ambos, al borde del ataque de pánico, estaban revisando sus planes de pies a cabeza. En cuanto entré, los dos voltean presos del terror. Me desparramé sobre una de las sillas dispuesto a escuchar sus ideas.
—Pensamos en obligarla a luchar contra el can Cerbero. Eso nos ganaría tiempo suficiente para que Jane terminase con Nicholas y fuese ella misma a su ataque. —Asentí y palmeé las manos dos veces, con una gran pausa entre ellas.
—¿No era tan difícil, eh? Ahora, ¿dónde se encuentra la Elegida? —pregunté. Y, ante esas cinco palabras, mis estrategas empalidecieron.
Tartamudeando a más no poder, Delfina trató de explicarme la situación que los había preocupado tanto.
—De acuerdo a los registros de las puertas, en Buenos Aires. Según el llavero, en París. —Si mi mirada fulminante no había sido suficiente para asustarlos, el golpe seco que resonó en toda la sala debió de haberlos advertido. Mi mano golpeó dos, tres, cuatro veces la mesada, desquitándome de todo el enojo que me causaba la estupidez de este dúo de idiotas buenos para nada.
—¡París! ¡París, me estás diciendo! Ah no, ¡pero si ustedes son unos imbéciles! ¡Eso es imposible! Llegaron a Buenos Aires hace ¿qué, cinco horas? ¡Y tú crees que están en París! —Solté una carcajada histérica y salí del lugar, pegando un portazo.
Abrí las puertas corredizas y me adentré al balcón con el objetivo de tomar algo de aire. Me senté en una de las sillas y me dediqué a observar la puesta del sol, cómo aquella traviesa fuente de calor se escondía detrás de los tejados de la ciudad, esperando a ser perseguida por su querida luna.
—¿En serio te estás dejando vencer por una chica, bro? ¡Sos Jackson Magné, héroe del Reino Mágico! Lo bastante fuerte para salvar al mundo pero lo suficientemente débil para perder la cordura por un amor de verano. —Mi hermano, materializado a mi lado, me recriminó. Estaba apoyado en la baranda como siempre, mirándome con aquella sonrisa ladeada que teníamos en común. Su cabello rubio ondeaba con el viento a la par que el mío, y sus ojos me miraban con diversión.
—Logan —lo reñí.
—Sí, sí, ya sé. Te gusta mucho la chica y blá blá blá, pero los dos sabemos que no dejaras esto por ella. Además, odias que ella se enamorara de ti por una poción de amor y no por quien en verdad quieres, que no haya sido el sustento que deseabas y que no te apoyara en esta misión. ¿Abandonarías tu propósito por una chica, Jackson? Deberías revisar el código de las conquistas, bro. —Les explico lo último.
El código de las conquistas era un libro que robamos de las reliquias de la universidad que papá guardaba en el depósito. El libro era, básicamente, un conjunto de reglas que había que seguir a la hora de conquistar. Saltarte alguna equivalía a romper el código, y eso haría que la terrible maldición de la inatractividad cayera sobre uno.
La regla número cinco expresaba con claridad que no debía ni pensar en ello. Textual, era "nunca dejes algo que te importe por una chica. Y no quemes el manual, te servirá aunque creas que ya terminaste con esa etapa."
Asentí y miré a un costado, algo avergonzado por haber pensado en romper el juramento sagrado que era tradición en mi familia cuando cumplías catorce años. Logan había estado tan cerca de prometer lealtad a la guía... No, simplemente no podía reunirme. Debía verlo jurar lealtad a nuestro manual, costara lo que costara.
—Gracias, frère.
—Siempre que me necesites, Jack —y, después de guiñarme un ojo, desapareció.
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PÉRDIDA
FantasySecuela de "PERSUASIVO". Libro 3 de la trilogía "La Elegida". LEER LAS DOS ANTERIORES ANTES DE ESTA. Mi vida como la Elegida fue de mal en peor después de Navidad. Más problemas, una ventaja desaprovechada y el miedo acechándome. Y la muerte solo...