9- Madre en crisis

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Ginny Gee le dijo adiós a Chelsea, quien se iba al colegio, telefoneó al trabajo, dijo que le dolía el estómago y que iría al día siguiente, y se dejó caer en un sillón. ¿Cómo era posible que su hija, con una faldita de cuatro duros, un jersey de canalé comprado en unos grandes almacenes y una raya de eyeliner en los ojos, pudiese parecer una modelo recién salida del Cosmopolitan, mientras que ella, Ginny Gee, periodista y autora de la prestigiosa sección <<Díselo a Ginny>>, presentaba ya un aspecto mustio y fatigado incluso cuando se ponía ropa de firma?

Se sirvió una taza de café. No, las cosas no iban nada bien. La factura de la tarjeta de crédito no era más que la punta del iceberg. Sabía perfectamente que pocos días después llegaría la de la otra tarjeta, luego el banco se vería en la obligación de recordarle el vencimiento del último plazo del préstamo, y por si fuera poco el tubo de escape estaba a punto de salirse con la suya: separarse definitivamente del coche.

La cuestión era que a ella le encantaba gastar y, cuanta más pasaban los años, más le gustaba. Ir de compras -se tratara de vestidos, libros o simplemente de una jarra para el agua- era como tomarse una aspirina para combatir el dolor de cabeza; resultaba un alivio eficaz, aunque temporal, de las preocupaciones y los problemas de la vida cotidiana.

El drama era que el trabajo ya no le divertía como antes, aunque jamás lo admitiría delante de nadie. Desde que había ganado el premio anual de la crítica como mejor periodista de temas sociales de la región, en el periódico todos esperaban que fuese aún más brillante, ingeniosa y mordaz que de costumbre, y, sinceramente, se sentía un poco agobiada. Las vacaciones habían sido fantásticas y, por primera vez en su vida, no tenía ningunas ganas de volver a trabajar. En otros tiempos nunca se le hubiera ocurrido fingir que se encontraba mal; es más, hubiera ido aunque estuviese enferma de verdad.

Desde la noche anterior, Barry estaba de morros con ella. Sí, claro, sabía que no hubiera debido comprar tantos vestidos, pero bien tenía que hacer algo para subirse la moral. No soportaba la idea de envejecer, ni todos esos kilos que se acumulaban por todas partes, por no hablar de los sofocos que le hacían parecerse a una remolacha y sentirse como una olla llena de curry. Una falda o un par de zapatos nuevos producían un efecto inmediato. Y ahora se le negaba también este pequeño consuelo.

En cualquier caso, darle vueltas al asunto no cambiaría nada. Llamaría a Ruth. Ella sería capaz de darle buenos consejos para ahorrar; durante dos años, antes de que Peter consiguiera vender la casa de ambos, había tenido que sobrevivir en condiciones difíciles y había salido airosa. Además, le apetecía charlar un poco. Se sirvió otra taza de café y se dirigió hacia el teléfono. Por suerte, la llamada que quería hacer no era interurbana. Y una larga conversación para intercambiar chismorreos valía todo el oro del mundo.

¿POR QUÉ ME SALE TODO MAL?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora