Al fin, hacia el mediodía, después de despedir por último a los aparejadores del barco, y después que el Pequod fue halado del muelle, y después que la siempre preocupada Caridad nos alcanzó en una lancha ballenera con su último regalo —un gorro de dormir para Stubb, el segundo oficial, cuñado suyo, y una Biblia de repuesto para el mayordomo—, después de todo eso, los dos capitanes Peleg y Bildad salieron de la cabina, y Peleg, dirigiéndose al primer oficial, dijo:
—Bueno, señor Starbuck, ¿está usted seguro de que todo está bien? El capitán Ahab está preparado: acabo de hablar con él. No hay más que recibir de tierra, ¿eh? Bueno, llame a todos a cubierta, entonces. Póngalos aquí para pasar revista, ¡malditos sean!
—No hay necesidad de palabras profanas, aunque haya mucha prisa, Peleg—dijo Bildad—, pero ve allá, amigo Starbuck, y cumple nuestro deseo.
¡Cómo era eso! Aquí, a punto mismo de partir para el viaje, el capitán Peleg y el capitán Bildad andaban por la toldilla como unos señores, igual que si fueran a ser conjuntamente los capitanes de la travesía, como para todo lo demás lo eran en el puerto. Y, en cuanto al capitán Ahab, todavía no se veía ni señal de él; solamente decían que estaba en la cabina. Pero, entonces, había que pensar que su presencia no era en absoluto necesaria para que el barco levara el ancla y saliese con facilidad al mar.
Ciertamente, todo eso no era en rigor asunto suyo, sino del piloto, y como todavía no estaba completamente recuperado — según decían—, por consiguiente, el capitán Ahab se quedaba abajo. Y todo ello parecía bastante natural, principalmente dado que en la marina mercante muchos capitanes no se muestran jamás en cubierta durante un considerable tiempo después de levar anclas, sino que se quedan en la mesa de la cabina, haciendo un festejo de despedida con sus amigos de tierra, antes que éstos abandonen definitivamente el barco con el piloto.
Pero no hubo mucha ocasión de reflexionar sobre el asunto, pues el capitán Peleg estaba ahora en plena actividad.
Parecía que él y no Bildad, hacía la mayor parte de la conversación y las órdenes.
—¡Aquí a popa, hijos de solteros! —gritó, cuando los marineros se demoraban junto al palo mayor—. Señor Starbuck, échelos a popa.
—¡Derribad la tienda! —fue la siguiente orden. Como ya sugerí, esa marquesina de ballena no se izaba sino en el puerto, y a bordo del Pequod desde hacía treinta años, se sabía que la orden de derribar la tienda venía después de la de levar anclas.
—¡Al cabrestante! ¡Sangre y truenos!, ¡corriendo! —fue la siguiente orden, y la tripulación saltó por los espeques.
Entonces, al levar anclas, la posición habitualmente ocupada por el piloto es la parte delantera del barco. Y allí Bildad, que igual que Peleg, ha de saberse que era uno de los pilotos licenciados del puerto, en adición a sus demás funciones (y se sospechaba que se había hecho piloto para ahorrarse los derechos de práctico de Nantucket en todos los barcos en que tenía intereses, pues nunca pilotaba otras embarcaciones), Bildad, como digo, se mostraba ahora activamente ocupado mirando por la proa el ancla que se acercaba, y de vez en cuando cantando lo que parecía una lúgubre estrofa de salmo para animar a los marineros en el cabrestante, que lanzaban en rugido una especie de coro sobre las muchachas de Booble Alley, y su buena voluntad. No obstante, no hacía tres días que Bildad les había advertido que no se consentirían canciones profanas a bordo del Pequod, sobre todo al levar anclas, y Caridad, su hermana, había puesto un pequeño ejemplar selecto de Watts en la litera de cada tripulante.
Mientras tanto, inspeccionando la otra parte del barco, el capitán Peleg imprecaba y juraba a popa del modo más espantoso. Casi creí que hundiría el barco antes que pudiera levarse el ancla; involuntariamente me detuve en mi espeque, y dije a Queequeg que hiciera lo mismo, al pensar en los peligros que corríamos empezando el viaje con semejante diablo como piloto. No obstante, me consolaba con la idea de que podría encontrarse alguna salvación en el piadoso Bildad, a pesar de lo de la setecientas sesenta y sieteava parte, cuando sentí un repentino y fuerte golpe en el trasero, y al volverme, me quedé horrorizado ante la aparición del capitán Peleg en el acto de retirar la pierna de mi inmediata cercanía. Era mi primer golpe.
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Moby Dick
Aventura"Moby Dick" es considerada como la más grande novela de mar que existe en la literatura de todos los tiempos y países. Independientemente de las implicaciones simbólicas y metafóricas que puedan atribuirse al capitán Ahab y a la ballena blanca, "Mo...
