CXXXV. La caza. Tercer día

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La mañana del tercer día amaneció clara y fresca, y una vez más el solitario guardián nocturno en la cofa de trinquete fue relevado por multitudes de vigías diurnos, que puntearon todos los palos y casi todas las vergas.

—¿La veis? —gritaba Ahab, pero la ballena todavía no estaba a la vista.

—Es su estela sin falta, sin embargo; pero sigamos esa estela, eso es todo. Eh, timonel, derecho, como vas y como ibas. ¡Qué delicioso día otra vez! Aunque fuera un mundo recién hecho, y hecho para gloria de los ángeles, y esta mañana fuera la primera en que se les abriera de par en par, no podría haber alboreado un día más claro sobre el mundo. Aquí habrá materia para los pensamientos, si Ahab tuviera tiempo para pensar, pero Ahab no piensa nunca, solamente siente, siente, siente; eso ya le hormiguea bastante a un hombre mortal: pensar en audacia. Sólo Dios tiene ese derecho y privilegio. Pensar es, o debería ser, una frialdad y una calma; y nuestros pobres corazones laten, y nuestros pobres cerebros palpitan demasiado para eso. Y sin embargo, a veces he pensado que mi cerebro estaba muy tranquilo, en calma helada, este viejo cráneo se resquebraja así, como un vaso cuyo contenido se ha vuelto hielo, y lo rompe. Y sin embargo, este pelo crece ahora; en este momento crece, y el calor debe criarlo; pero no, es como esa especie de hierba común que crece en cualquier sitio, entre las grietas terrosas del hielo de Groenlandia o en la lava del Vesubio. Cómo lo agitan los vientos salvajes, lo azotan en torno a mí como los jirones desgarrados de las velas partidas azotan al barco zarandeado a que se agarran. Un viento vil que, sin duda, ha soplado antes por pasillos y celdas de cárcel, y salas de hospital, y las ha ventilado, y ahora viene soplando tan inocente como piel de cordero. ¡Fuera con él! Está manchado. Si yo fuera el viento, no soplaría más en el mundo miserable y perverso. Iría a gatas, no sé dónde, a una cueva, y me escurriría allí. Y sin embargo, ¡qué cosa noble y heroica, el viento! ¿Quién lo ha dominado jamás? En toda pelea él tiene el último y más amargo soplo. Corred contra él en justa, y no haréis sino pasar a través de él. £Ah! es un viento cobarde que hiere a hombres desnudos, pero no se yergue para recibir un solo golpe. Hasta Ahab es algo más valiente, algo más noble que eso. Ojalá el viento tuviera ahora un cuerpo; pero todas las cosas que más exasperan y ofenden al hombre, todas esas cosas son incorpóreas, aunque sólo incorpóreas como objetos, no como agentes. ¡Hay una diferencia muy especial, ah, muy maliciosa! Y sin embargo, vuelvo a decir, y ahora lo juro, que hay algo por completo glorioso y gracioso en el viento; en estos tibios alisios, al menos, que soplan continuos bajo claros cielos, con suavidad recia y firme y vigorosa; y no se desvían de su blanco, por más que den vuelta y viren, más viles, las corrientes del mar, y los más poderosos Mississippis de la tierra cambien y se desvíen, dudosos de dónde ir a parar al fin. Y £por los Polos eternos! esos mismos alisios que tan derechamente empujan mi buen barco, esos alisios, o algo como ellos, £algo tan inalterable, y tan plenamente recio, hace avanzar con su soplo mi quilla! ¡A ello! ¡Eh, vigías! ¿Qué veis?

—Nada, capitán.

—¡Nada! ¡y es casi mediodía! ¡El doblón va pidiendo limosna! £Mirad el sol! Sí, sí, así debe ser. Le he adelantado. ¿Cómo, he tomado mucho impulso? Sí, ahora ella me persigue; no yo a ella... eso está mal: podía haberlo sabido, además. ¡Tonto! los cables... los arpones que remolca. Sí, la he alcanzado esta noche. ¡Virad, virad! ¡Bajad todos, menos los vigías de turno! ¡A las brazas!

Con el rumbo que había llevado, el viento había quedado más o menos a popa del Pequod, de modo que ahora, al tomar rumbo en dirección opuesta, el barco así braceado navegó proa al viento volviendo a agitar la espuma de su propia estela blanca.

—A contraviento, ahora pone rumbo a la mandíbula abierta —murmuró Starbuck para sí, adujando sobre la batayola la braza mayor recién cazada—. Dios nos guarde, pero ya siento los huesos húmedos dentro de mí, y mi carne mojada por dentro. ¡Sospecho que desobedezco a mi Dios al obedecerle!

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