XXVI. La toldilla

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En escena, Ahab; después, todos.

Pasado no mucho tiempo desde el asunto de la pipa, una mañana poco después del desayuno, Ahab, como de costumbre, subió a cubierta por el tambucho de la cabina. La mayor parte de los capitanes de marina suelen pasear por allí a esa hora, igual que los hidalgos rurales, después de desayunar, dan unas vueltas por el jardín.

Pronto se oyó su firme paso de marfil, yendo y viniendo en sus acostumbradas rondas, por tablas tan familiares para su pisada que estaban todas ellas marcadas, como piedras geológicas, por la señal peculiar de sus andares. Y también, si se miraba atentamente aquella surcada y marcada frente, se veían, igualmente huellas extrañas, las huellas de su único pensamiento, sin dormir y siempre caminando.

Pero en la ocasión de que hablamos, esas marcas parecían más profundas, del mismo modo que su nervioso paso dejaba aquella mañana una huella más profunda. Y tan lleno de su pensamiento estaba Ahab, que a cada monótona vuelta que daba, una vez en el palo mayor y otra vez en la bitácora, casi se podía ver aquel pensamiento dando la vuelta en él según andaba, y tan completamente poseyéndole, desde luego, que parecía todo él la forma interior de su movimiento externo.

—¿Te has fijado en él, Flask? —susurró Stubb—, el pollo que lleva dentro golpea el cascarón. Pronto va a salir.

Iban pasando las horas; Ahab se encerró entonces en la cabina, y pronto, volvió a pasear por la cubierta, con el mismo intenso fanatismo de designio en su aspecto.

Se acercaba el caer del día. De repente, él se detuvo junto a las amuradas, e insertando su pierna de hueso en el agujero taladrado allí, y agarrando con una mano un obenque, ordenó a Starbuck que mandase a todos a popa.

—¡Capitán! —dijo el oficial, asombrado ante una orden que a bordo de un barco se da muy raramente o nunca, salvo en algún caso de excepción.

—Manda a todos a popa —repitió Ahab—: ¡vigías, aquí, abajo!

Cuando estuvo reunida la entera tripulación del barco, mirándole con caras curiosas y no libres de temor, pues su aspecto recordaba el horizonte a barlovento cuando se forma una tempestad, Ahab, después de lanzar una rápida ojeada por las amuradas, y luego disparar los ojos entre la tripulación, arrancó de su punto de apoyo, y, como si no hubiera junto a él ni un alma, continuó sus pesadas vueltas por la cubierta. Con la cabeza inclinada y el sombrero medio gacho siguió caminando, sin tener en cuenta el susurro de asombro entre la gente, hasta que Stubb cuchicheó prudentemente a Flask que Ahab les debía haber llamado allí con el propósito de que presenciaran una hazaña pedestre. Pero eso no duró mucho. Deteniéndose con vehemencia, gritó:

—¿Qué hacéis cuando veis una ballena?

—¡Gritar señalándola! —fue la impulsiva respuesta de una veintena de voces juntas.

—¡Muy bien! —grito Ahab, con acento de salvaje aprobación, al observar a qué cordial animación les había lanzado magnéticamente su inesperada pregunta.

—¿Y qué hacéis luego, marineros?

—¡Arriar los botes, y perseguirla!

—¿Y qué cantáis para remar, marineros?

—¡Una ballena muerta, o un bote desfondado!

A cada grito, el rostro del viejo se ponía más extrañamente alegre y con feroz aprobación; mientras que los marineros empezaban a mirarse con curiosidad, como asombrados de que fueran ellos mismos quienes se excitaran tanto ante preguntas al parecer tan sin ocasión.

Pero volvieron a estar del todo atentos cuando Ahab, esta vez girando en su agujero de pivote, elevando una mano hasta alcanzar un obenque, y agarrándolo de modo apretado y casi convulsivo, les dirigió así la palabra:

Moby DickHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora