El cachalote de Stubb había sido muerto a cierta distancia del barco. Había calma, de modo que, poniendo tres lanchas en tándem, empezamos la lenta tarea de remolcar el trofeo hasta el Pequod. Y entonces, al trabajar lentamente, hora tras hora, los dieciocho hombres, con nuestros treinta y seis brazos y ciento ochenta dedos, ante aquel inerte y perezoso cadáver en el mar, que apenas parecía moverse en absoluto, tuvimos de ese modo buena evidencia de la enormidad de la masa que movíamos. Pues en el gran canal del Hang-Ho, o como lo llamen, en China, cuatro o cinco trabajadores por el camino de sirga arrastran un junco con mucha carga a la velocidad de una milla por hora, pero ese gran galeón que remolcábamos avanzaba tan pesadamente como si tuviera una carga de lingotes de plomo.
Sobrevino la oscuridad, pero tres luces, acá y allá, en los obenques del palo mayor del Pequod, nos guiaron débilmente en nuestro camino, hasta que, al acercarnos más, vimos a Ahab bajar por la amurada una linterna, entre otras varias. Lanzando una mirada ausente al cetáceo flotante, por un momento, dio las órdenes de costumbre para amarrarlo durante la noche, y luego, cediendo su linterna a un marinero, se metió en la cabina y no volvió a salir hasta por la mañana.
Aunque al dirigir la persecución de este cachalote, el capitán Ahab había evidenciado su acostumbrada actividad, por llamarla así, sin embargo, ahora que el animal estaba muerto, parecía actuar en él alguna vaga insatisfacción, o impaciencia, o desesperación, como si el ver aquel cuerpo muerto le recordara que todavía faltaba matar a Moby Dick, y que, aunque se trajeran a su barco otras mil ballenas, todo ello no adelantaría una jota su grandioso objetivo monomaniático. Muy pronto, a juzgar por el ruido en las cubiertas del Pequod, habríais pensado que todos los hombres se preparaban a echar el ancla en la profundidad, pues se arrastraban pesadas cadenas por la cubierta, y las echaban ruidosamente por las portas. Pero con esos eslabones tintineantes, lo que se amarraba no era el barco, sino el propio cadáver. Atado por la cabeza a la popa y por la cola a la proa, el cetáceo yacía ahora con su casco negro junto al del barco, y visto a través de la oscuridad de la noche, que oscurecía en lo alto las vergas y jarcias, los dos, barco y ballena, parecían enyugados juntos como colosales bueyes, uno de los cuales se recuesta mientras el otro sigue en pie.
Si el malhumorado Ahab ahora era todo quietud, al menos en lo que se pudiera saber en cubierta, Stubb, su segundo oficial, excitado por la victoria, revelaba una excitación insólita aunque de buena naturaleza. En tan desacostumbrada agitación estaba, que el rígido Starbuck, su superior por cargo, le entregó silenciosamente, por el momento, la dirección exclusiva de los asuntos. Pronto se hizo extrañamente manifiesta una pequeña causa que contribuía a toda esa vivacidad en Stubb. Stubb era un refinado: le gustaba un tanto desordenadamente la ballena como cosa sabrosa para su paladar.
—¡Un filete, un filete, antes de acostarme! ¡Tú, Daggoo!, ¡salta por la borda y córtame uno de solomillo!
Aquí ha de saberse que, aunque esos salvajes pescadores, en general, conforme a la gran máxima militar, no hagan al enemigo pagar los gastos inmediatos de la guerra (al menos, antes de liquidar las ganancias del viaje), sin embargo, de vez en cuando, encontraréis algunos de esos hombres de Nantucket que tienen auténtica afición a esa determinada parte del cachalote aludida por Stubb, que comprende la extremidad puntiaguda del cuerpo.
Hacia medianoche, el filete estaba cortado y guisado, y, a la luz de dos linternas de aceite de esperma, Stubb se enfrentó vigorosamente con su cena de cachalote en el cabrestante, como si el sombrero del cabrestante fuera un aparador. Y no fue Stubb el único que esa noche se banqueteó con carne de cachalote. Mezclando sus gruñidos con las masticaciones de Stubb, miles y miles de tiburones, en enjambre en torno del leviatán muerto, hicieron un ávido festín con su grasa. Los pocos hombres que dormían abajo fueron sobresaltados a menudo en sus literas por el brusco palmetazo de las colas contra el casco, a pocas pulgadas del corazón de los dormidos. Mirando sobre el costado, se les podía ver apenas (como antes se les oía) agitándose en las tétricas aguas negras y revolviéndose sobre el lomo al arrancar grandes trozos redondeados del cachalote, del tamaño de una cabeza humana.
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Moby Dick
Adventure"Moby Dick" es considerada como la más grande novela de mar que existe en la literatura de todos los tiempos y países. Independientemente de las implicaciones simbólicas y metafóricas que puedan atribuirse al capitán Ahab y a la ballena blanca, "Mo...
