XXXII. Cetología

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Ya estaos atrevidaente lanzados sobre la profundidad, pero pronto nos perderemos en sus inmensidades sin orillas ni puertos. Antes de que esto ocurra; antes que el casco lleno de algas del Pequod se balancee flanco a flanco de los cascos llenos de lapas del leviatán; desde el arranque, no estará de más atender a una cuestión casi indispensable para una completa comprensión apreciativa de las variadas revelaciones y alusiones más especialmente leviatánicas que han de sucederse.

Lo que ahora querría poner ante vosotros es una exhibición sistematizada de la ballena en sus amplios géneros. Pero no es tarea fácil. Lo que aquí se intenta es nada menos que la clasificación de los constitutivos de un caos.

Escuchad lo que han establecido las mejores y más recientes autoridades.

«No hay rama de la zoología tan enredada como la que se titula cetología», dice el capitán Scoresby, 1820.

«No es mi intención, aunque estuviera a mi alcance, entrar en la investigación del auténtico método de dividir los cetáceos en grupos y familias... Entre los historiadores de este animal (el cachalote) existe completa confusión», dice el cirujano Beale, 1839.

«Incapacidad para proseguir nuestra investigación en las aguas insondables.» «Un velo impenetrable cubre nuestro conocimiento de los cetáceos.» «Un campo sembrado de espinas.» «Todas estas indicaciones incompletas sólo sirven para torturarnos a los naturalistas. »

Así hablan de la ballena el gran Cuvier, John Hunter y Lesson, esas lumbreras de la zoología y la anatomía. No obstante, aunque hay poco conocimiento real, hay abundancia de libros; y así ocurre en pequeña escala con la cetología o ciencia de las ballenas. Muchos son los hombres, pequeños o glandes, viejos o nuevos de tierra o de mar, que han escrito sobre la ballena, por extenso o en breve. Recorred unos pocos: los autores de la Biblia, Aristóteles, Plinio, Aldrovandi, sir Thomas Browne, Gesner, Ray, Linneo, Rondeletius, Willoughby Green., Artedi, Sibbald, Brisson, Marten, Lacépède, Bonneterre, Desmarest, el Barón Cuvier, Frederick Cuvier, John Hunter, Owen, Scoresby, Beale, Bennett, J. Ross Browne, el autor de Miriam Coffin, Olmstead y el reverendo T Cheever.

Pero las citas antes mencionadas habrán mostrado con qué propósito definitivo de generalización han escrito todos ellos.

De los nombres que hay en esta lista de autores balleneros, sólo los que suceden a Owen han visto alguna vez ballenas vivas, y, salvo uno, ninguno fue un auténtico arponero ni ballenero profesional. Me refiero al capitán Scoresby. En el tema especial de la ballena de Groenlandia, o ballena propiamente dicha, él es la mejor autoridad existente. Pero Scoresby no sabía nada ni dijo nada del gran cachalote, al lado del cual la ballena de Groenlandia casi no es digna de mención. Y aquí ha de decirse que la ballena de Groenlandia es una usurpadora en el trono de los mares. Ni siquiera es la mayor de las ballenas. Pero, debido a la larga prioridad de sus pretensiones y a la profunda ignorancia que, hasta hace unos setenta años, rodeaba al fabuloso o totalmente desconocido cachalote, ignorancia que sigue reinando hasta hoy en todas partes salvo en unos pocos retiros científicos y puertos balleneros, esa usurpación ha sido completa. La observación de casi todas las alusiones leviatánicas en los grandes poetas de tiempos pasados os convencerá de que la ballena de Groenlandia, sin un solo rival, era entonces la reina de los mares. Pero ha llegado la hora de una nueva proclamación. Aquí es Charing Cross; ¡escuchad todos, hombres de bien; la ballena de Groenlandia queda depuesta; ahora reina el gran cachalote! 

Hay sólo dos libros existentes que pretendan de un modo o de otro presentaros al cachalote, y que, al mismo tiempo, tengan el más remoto éxito en su intento. Esos libros son los de Beale y Bennett, ambos, en su tiempo, médicos en los balleneros ingleses del mar del Sur, y ambos hombres exactos y de fiar. La materia original referente al cachalote que se encuentra en sus volúmenes es por fuerza pequeña, pero hasta donde alcanza, es de excelente calidad, aunque en su mayor parte limitada a la descripción científica. Sin embargo, hasta ahora el cachalote, científico o poético, no vive completo en ninguna literatura.

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