Capítulo 7: "LA PACHAMAMA SE VENGA"

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El sol atravesaba las ventanas limpias, iluminando la blanca cocina. Las cortinas verde limón se iluminan y los detalles de flores amarillas encandilan en su pequeñez, simulando estrellas matutinas. Los pajarillos se columpiaban por las ramas del limonero del jardín, cantando con dulzura frente a los rayos del astro.

Relajado. Tranquilo. Agradable.

Todo alrededor era construido bajo la misma frecuencia.

Salvo dentro de esa casa.

Los ojos cobalto brillaban aterradoramente tras la taza de café humeante. Dylan y Ryan se pegaron nerviosos el uno al otro. William se concentró en la maravilla de su té. Arthur comía de sus tostadas, fingiendo ignorar las puñaladas que se concentraban en su frente.

El chico sacó otra tostada de la panera, pero una mano se la quitó con brusquedad, dejándole sólo migas.

Scott masticó la tostada con odio, una saña aterradora. Afiló los ojos, provocándole. La boca de Arthur se curvó con disgusto. Una gota de sudor recorrió su sien y bajó por la mejilla recién afeitada. Aguantó con toda la paciencia posible la mirada terrible de su hermano mayor.

Todos en la casa sabían el porqué de su mal humor. Sabían la causa. Y tenía unos ojos verdes esmeralda y unos disparatados mechones rubios.

— A qué hora viajas— Escupió cada palabra. El pelirrojo hubiera deseado tener el cigarro encendido y poder tirarle todo el humo en la cara.  Arthur tragó saliva y cerró los ojos. Dylan jugueteó con su celular y Ryan se apegó al respaldo.

— A las siete de la tarde— William alzó una ceja dorada. Tomó un sorbo más de su té y observó como la mueca de desagrado se agrandaba si aún era posible, en el rostro del primogénito. Se acomodó el cuello de su camisa, atento al silencio. Arthur seguía con la mirada fija en la mesa. Si el chico sabía lo que le convenía, llevaría el bolso y su saco de dormir al colegio y no volvería hasta después de la excursión. Claro si es qué sabía lo que realmente le convenía.

Esa noche pediría tomar el turno de hoy.  No sería capaz de soportarlo.

Esa noche los gemelos rogarían de rodillas a algún amigo que tuviera bien corazón a que los hospedaran por esa noche. No querían ser el chivo expiatorio.

Es que simplemente nadie quería soportar a Scott esta noche.

Saben que la furia del Kraken no es nada al mal humor de Scott y sus ojos de basilisco.

— ¿Volverás a casa antes de irte?

— No. Me llevaré todas las cosas al colegio— Arthur se apuró a explicar— Será más cómodo que hacer una vuelta de más.

Scott afila sus dagas verdes.

William sonríe al saber la mente del mayor. Es obvio. Scott sale a las seis y media del trabajo. Estaría con el Volvo azul en la casa en quince minutos a más tardar. No le molestaría dar una vuelta de más, con las cosas dejadas cómodamente en el asiento trasero mientras el menor lo acompaña de copiloto.

Scott cierra sus ojos monstruosos. Él puede llevarlo. Pero todos saben que nadie en su sano juicio aceptaría. El hermano mayor no está considerado como opción de ayuda. Él lo sabe también.

El hombre, tras terminar de un sorbo el café que quedaba de su taza, la apoyó con tanta brutalidad que de milagro no se rompió. Se irguió con toda prepotencia que era dueño  y desapareció tras la puerta de la cocina.

William rodó los ojos. Qué infantil rabieta. Terminó de tomar su té y se levantó con tranquilidad, llevando también la taza de Scott al lavaplatos.

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora