Capítulo 10: "DESENTRAÑANDO NUEVOS PROBLEMAS"

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Recoge las pelotas, que anterioremente habían sido esparcidas por toda la cancha.  Con notoria molestia, toma una por una, apilándolas en sus brazos. La camiseta de la escuela está arremangada hasta los hombros, permitiendo ver los músculos trabajados de sus brazos.  

Si bien, la herida está mejor, es necesario tener cuidado al levantarse. Ya de pie, y con tantas pelotas que parece haber robado de una tienda, puede ver toda la cancha de fútbol desde su lugar, ahora libre del desastre de la clase. 

El sol pega fuerte pero el viento es frío. Avisa la llegada del otoño, una cosa que odia. Otoño, tan triste, tan decadente. Gris y miserable. Todo lo contrario al intenso verano. 

La puerta de la bodega está abierta. Mete los balones y cierra el lugar de un portazo.

No pudo decirle a Stevens el por qué no podía hacer ejercicio. Habría puesto el grito en cielo y todos en la escuela se habrían enterado de la verdad. Sin embargo, un castigo tan mínimo como guardar los implementos deportivos, era un precio bastante bajo. Debe agradecerlo para sus adentros.

A su derecha, estaban la entrada exterior de los baños del gimnasio, ahora vacíos, pues todos habían terminado de asearse hace un rato. Él había sido el último idiota. Se encaminó hacia ellos.

Ups, no estaban tan vacíos. Hay unos cuantos que siguen ahí, y están como un grupito de búhos, mirándole con los ojos muy abiertos.

Alfred disfruta. Que miren. La cicatriz es una marca que lleva con orgullo.

Toma el bolso que, espera, Matthew no lo extrañe, y se va a la duchas, desvistiéndose en el camino. 

Se baña con rapidez y alejando lo más posible el agua de la herida. No quiere que Arthur le grite  por mojar la venda como la otra vez. Sale de las duchas con el pelo estilando y toma la toalla. Está todo en silencio.

Un peligroso silencio.

Silba alguna canción que ha escuchado en la radio, de espaldas a su acompañante. Toma sus bóxers negros, se suelta la toalla.

— ¡Wow! ¿Me deleitarás con tu sugerente cuerpo? — Voltea, aterrado y se amarra de nuevo la toalla. Francis lo mira con diversión— Oh, ¡pero si tu traserito es tan agradable a la vista!

— ¿Qué haces acá, pervertido?

¿Pervertido? Francis arruga la nariz, no le gusta ese término. Prefiere el término amoroso universal. Es más lindo, más adecuado para él.

— ¿Y esa herida? — Se acerca y la señala, Alfred se separa con recelo.

— No te importa— Le suelta con irritación. El raro le causa escalofríos.

— Tienes buen cuerpo. — Su lengua juega juguetonamente con su labio inferior. Se acuerda de algo. Se ríe a un chiste ajeno a Alfred. Un chiste amargo, duro, sin humor. Alfred lo observa desconfiado— Tú tan libre mostrando tu cuerpo y el estúpido cejitas ni siquiera es capaz de quitarse la polera.

— ¿Vergüenza? — Y Francis sonríe al ver como pica ante el nombre de Arthur. Pero como él es malo, lo dejará con la duda. De todos modos Arthur no le perdonaría si es que le dijese a su pseudo protegido.

— ¿No lo sabes? Arthur no es capaz de mostrar su abdomen en público. Yo sé la razón— Finaliza, acentuando y lamiendo cada palabra con malicia. Se acerca y con lentitud. Coloca una mano en la cadera del americano y juega delicadamente con el nudo de la toalla— De todos modos, no vengo a hablar de Arthur sino contigo... aunque podríamos hacer algo más...

Un puñetazo en los casilleros deforma el material.

La frase quedó inconclusa.

— Aléjate— Muerde cada sílaba amenazadoramente. Francis obedece.

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora