Capítulo 29: "BAILE ROBADO"

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— ¡Por favor, no permita que Alfred deje la escuela! — La pregunta, tan de repente, descolocó a Julio César Vargas. Las carpetas que, antes del grito había estado revisando, son dejadas sobre el escritorio. El hombre se toma unos segundos para comprender las palabras atropelladas.

Centró su atención en los puños temblorosos del chico, que estaban pegados a cada costado de su cuerpo. Aguantando.

— ¿Me estoy perdiendo de algo, Kirkland? — El rostro contraído de Arthur le decía que sí, lo podía ver perfectamente en sus ojos, cubiertos de una película líquida que amenazaba con escapar por la comisura del párpado.

— Sus padres decidieron dejarlo a cargo de su abuela materna, que vive en Estados Unidos ¡Por favor, esto no tiene ningún sentido! ¡Entró aquí para ser reformado, si lo mandan allá será tirar todo por la borda!

Su mirada se desvió al post-it que estaba pegado en su computador.

"16:15, cita con apoderado Alice Jones.

URGENTE"

El hombre moreno comprendió entonces.

—En primer lugar, Arthur, que hayas sido su tutor no indica que puedas involucrarte en las decisiones de una familia que no sea la tuya —Las palabras parecieron herir al muchacho. El director jugó un poco con el papel escrito, arrugándolo en las esquinas—En segundo, la famosa reforma no resultó. Es más, puedo decir que fue una decisión poco acertada el aceptarlo en mi establecimiento, pues, no solo siguió portándose horrible, sino que estropeó cosas que teníamos resueltas ¿o me equivoco?

No podía esconder la decepción que le causaba. No era rabia por su "recaída", sino la tristeza de saber que no era digno de la suficiente confianza para pedir ayuda.

Lo acogió en sus brazos cuando era un chiquillo estúpido, abandonado en las calles y que mordía a todos como un perro asustado. Lo protegió, sacó de todo ese desastre, y le recordó una y otra vez que siempre que necesitara ayuda, podía contar con él.

¿Y entonces qué, Arthur? ¿Te olvidaste de la promesa que tantas tardes repetía?

El niñito moreteado aparece frente a sus ojos. Un niño pequeño con una mirada tan intensa, que costaba mantenerle. Un niñito lleno de rabia y dolor. 

Y en el peor de los recuerdos, Arthur nunca había llorado.

Ahora, Arthur parecía haber perdido años. Tenía el rostro deformado por un sentimiento tan grande que no podía controlar, y eso, a Julio César, llegó a impactar. Sabe que siempre ha odiado bajar la guardia, que la vulnerabilidad no era permitida en la disfuncional familia que tuvo la desgracia de tocar. 

Arthur, siempre había luchado contra sí mismo con tal de mantenerse en una pieza. Por tantos años, que el hombre mayor sabía que todo lo que guardaba era una asfixia continua y permanente.

¿Qué tan importante es este chico, que te metiste en algo que odias? ¿Cuán preciado es, que estás llorando?

De verdad deseaba preguntarle, pero se mordió la lengua.

—Sé que me merezco todo su desprecio por haberlo decepcionado, pero de verdad que iba bien... si no se hubiera metido, le juro que habría-

— Pero no fue así, Arthur —El chico apretó sus labios.

— No, no lo fue — Julio César esperaba a que  por fin se decidiera por contarle todo lo que le ha estado escondiendo. El chico parecía rejuvenecer más y más, con ese rostro lleno de angustia.

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora