Capítulo 3: "¿QUÉ DEMONIOS?"

296 49 1
                                        


-x-

— ¡Es todo tu culpa, animal!— le reclamó, mientras caminaba apresurado por unos de los pasillos.

— ¡¿Mi culpa?! ¿Por qué  esto tendría que ser mi culpa? — Alfred le rozaba los talones.

— ¿Es que lo olvidas? ¿Acaso fui yo el que golpeó al otro de la nada?

— Te lo tenías bien merecido, idiota y si es tanto tu problema no me enfrentabas y huías. Simple.

— Oh, cállate, ¿Sabes? No haces más que hablar estupideces— le señaló con un dedo, en un ademán despectivo— Y apresúrate,  llegaremos tarde a tu tonta clase.

— ¿Qué  te importa lo que tenga a hacer, eh? No eres mi madre,  es más, no eres nadie para decirme qué tengo que hacer— se detuvo en medio del pasillo, a estas alturas vacío, cruzándose de brazos como un acto de desafío. Arthur se giró y lo quedó mirando unos segundos. Parecía cabreado. Lo tomó firmemente del antebrazo y empujó para que lo siguiera— ¡Suéltame imbécil!

— Escucha bien, idiota, el viejo me ordenó que fuera tu tutor.  Yo lo obedeceré, aunque realmente no te soporte ¿Me entendiste?

Alfred lo miró furioso, odiaba que alguien le debatiera. Iba a gritarle una sarta de groserías y le asestaría un buen puñetazo a ese enclenque  si no fuera porque de un segundo a otro, llegaron al salón y Arthur sin mucha compasión lo tiró adentro y cerró la puerta.

¿Quién se creía para tratarlo así?

¡No era un mocoso!

Abrió la puerta hecho una furia y le gritó un rosario que asustaría al mismísimo diablo, pero Arthur ya había desaparecido.

—... — Los chicos que estaban en el salón, observaban pasmados al compañero nuevo.  El profesor había salido hace unos minutos así que el salón estaba solo.

El pandillero caminó con indiferencia hacia el puesto del fondo que estaba libre y colocó ahí su atlético cuerpo. Los demás comenzaron a alejarse disimuladamente de su lugar y aunque lo negara, en el fondo eso le provocó una punzada. Giró la cabeza a la ventana, terco en ignorarlos.

El profesor llegó luego de unos minutos. Observó con sorpresa al chico nuevo, preguntándose de qué cárcel lo habrían sacado. Suspiró y se arregló el bigote. Otro problemático más con el cual tendría que lidiar.

— Alumno nuevo, haga el favor de presentarse — ¿De nuevo? ¿Iba a estar todo el día así? De muy mala gana se levantó. Todos los demás lo seguían con la mirada. Suspiró fastidiado cuando llegó hasta la pizarra.

— Alfred Jones. Vengo del Saint Louis. Dieciséis años — Todo eso fue relatado con voz monótona, como leyendo un texto predeterminado. El bigotón tuvo la misma actitud que el primer profesor. Al muchacho casi le hizo gracia. Luego de unos segundos, le ordenó que volviera a su puesto, lo que Alfred acató sin mirar.

El maestro dio media vuelta y con plumón en mano, comenzó a escribir en la pizarra.

  — En 1942, Hitler había decidido... 

La mayoría de los estudiantes hacía apuntes,  Alfred en cambio, se dedicaba a dibujar en su libreta.

Un hombre fumando por una ventana. Aunque se observaba en una pose bastante gallarda; un haz melancólico bañaba el ambiente.

Como si por dentro de toda esa agresividad, la tristeza palpitara.

Luego de un buen rato, la clase terminó. Los chicos salían tranquilos, o por lo menos lo aparentaban; pues lo miraban de reojo. Parecían creer que iba a lanzarse en cualquier segundo sobre ellos a robarles sus billeteras.

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora