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Tocan la puerta del departamento. Egmont, quien está en la cocina preparándose un sándwich para comer mientras termina unos papeleos de los profesores, se pregunta quien podría estar buscándolo a estas horas. Deja el cuchillo sobre el pan a medias untado.
Hasta que una imagen se le viene a la mente.
Maldice.
¡No otra vez en esta semana, por amor a los cielos!
Sale de la cocina, jurándose que si de nuevo es él no dudará en echarlo con una buena patada en el trasero de regalo.
Vuelven a tocar.
Son las once y media de la noche en el reloj cucú que profiere el interminable tic tac de hace más de ochenta años.
— ¡Pobre de que seas tú de nuevo, Julio...! — Abre la puerta con violencia—...César. ¿Joseph?
— ¿Lo esperabas a él? — Pregunta. El alemán lo mira sorprendido.
— No, es que ese imbécil me ha estado molestando toda la semana y...— Joseph se ríe y le da unas palmadas, entrando al departamento tras una seña del otro hombre.
— Entiendo. Hay veces que es un verdadero dolor en el trasero— Y Egmont no puede estar más de acuerdo.
— ¿Qué te trae por aquí a estar horas? ¿Whisky o cerveza? — hace las dos preguntas mientras se dirige a la cocina. Aunque la primera no es más que una formalidad, ya sospecha lo que debe ser.
— Cerveza— Egmont se la tira y Joseph la recibe en el aire, abriendo la botella con los dientes— Peleé de nuevo con Alice...
Como siempre.
El de rostro pálido y largo cabello platinado asiente mientras se sienta en un sillón. Joseph está en el sofá, jugando con la botella.
— Me tiene harto. No puedo hacer absolutamente nada... No puedo tomar cerveza porque le molesta el aroma, ni andar en calzoncillos porque es una falta de "pudor" o siquiera levantarme tarde los domingos luego de romperme la espalda trabajando toda la semana... ¿Qué se cree? ¿Qué estoy en un regimiento? — Luego mira a su amigo con una sonrisa sardónica— Si hubiera querido la escuela militar, la hubiera aceptado cuando mi padre me lo exigió en América...
Egmont toma un sorbo de su cerveza y asiente. Espera con paciencia a que siga desahogándose. Siempre que discute con Alice, Joseph viene a su casa, Egmont está acostumbrado y tampoco es como si realmente le molestara. Hablar con Joseph y darle una cerveza y una manta para que duerma en el sillón es algo que casi llega a formar una tradición entre hombres, una costumbre de amigos. Además, de los pocos amigos que Joseph tiene en este país, el alemán es uno de los que mayor afinidad tiene... además de cierto loco que debe estar en una taberna coqueteando con señoritas.
Además Egmont no es egoísta, si necesitan de él, siempre estará ofreciendo ayuda. Joseph lo sabe, por eso le tiene en tal alta estima.
— Y sin contar que la muy loca le ha dado con echar a mis hijos de la casa... Bueno, en verdad a Alfred, Matthew decidió acompañarlo por su propia cuenta— Se alza de hombros— ¿Qué diablos tiene en la cabeza?
— ¿Todavía no vuelven a casa? — Preguntó sorprendido.
— Todavía no... y no parece que vayan a volver— Joseph bufa— Y quien los culpa, en el departamento que les pasé viven en paz sin esa histérica. Aunque seguramente debe estar destrozado por las fiestas del imbécil de Alfred.
Joseph se quedó en silencio unos momentos. Se pasó la mano por la cara, demostrando todo el agotamiento que guardaba. Los caprichos de su esposa, la mala relación con sus hijos, el estrés del trabajo, la frustración de no poder controlar nada en la vida pues parecía más un robot que un humano.
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A tres pasos de ahorcarte
FanfictionAlfred deseó con todo su corazón proteger a Matthew, no importando cuánto dolor implique. En este pozo de violencia donde estuvo por años, alguien más se hundió para elevarlo: Arthur. Ahora están en una lucha de poder, de deseos de escapar y ser lib...
