Capítulo 14: "LA OSCURA TORMENTA EMPIEZA"

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Desde la ventana que daba a su gigantesca y lujosa oficina podía observar como a su alrededor caía la noche y las luces de los edificios brillaban por estrellas artificiales. Sucios y patéticos sucedáneos del cielo que ahora permanecía a medias cubiertos por unas largas nubes nocturnamente pintadas de púrpura. Se había aburrido de revisar y firmar papeles estúpidos. Lo único que quería era simplemente volver a casa tras un largo día y no mover más su mano sino que para comer la cena que seguramente sería el almuerzo recalentado o un emparedado de atún.

Pero estaban en época de pago y como un soberano idiota debía permanecer firmando otra montonera más de cheques para los imbéciles de sus empleados. A veces daban ganas de despedir a todos esos idiotas con tal de no firmar los quinientos ochenta y siete cheques. Quinientos ochenta y siete veces en la que maldecía no poder crear una especie de timbre con su afilada y curva firma.

El silencio apenas y era roto por el ruido de las bocinas a diecinueve pisos más abajo. Apenas audible a su distancia. De todos modos prefería escuchar cualquier sonido con tal de pensar que no estaba encerrado en una burbuja solitaria.

Se acercó hasta el balcón y tomó la cajetilla de cigarrillos. Will no estaba como para prohibírselo. No podía venir con su apestosa cara larga idéntica a la de mamá para decirle que el último examen a sus pulmones había sido horroroso.

Y una mierda. A él nadie le prohibiría nada. Nunca.

Se preguntó mientras encendía el cigarrillo si acaso Arthur podría acordarse alguna vez que tenía familia. Sus afilados ojos de veinte y cinco años se oscurecieron, el verdoso demoníaco que parecía ácido radioactivo cuando el sol le daba de lleno.

Oscuros pensamientos hilaba y se anudaban como líneas de tinta negra formado caos y suposiciones.

De cualquier forma, no importaba. Tendría que seguir aquí, firmando cheques hasta la medianoche encerrado en su oscura burbuja apenas rota por unos cuantos bocinazos de unos pobres diablos metidos en el taco de la hora pico.

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Antonio y Gilbert sostenían de los brazos al toro que era Alfred quien trataba abalanzarse a detener la peligrosa pelea. Antonio sudaba duro, Alfred era un monstruo. Apenas y podía alejarlo y tenerlo quieto. Pero no podía soltarlo por muy agotados sintiera sus brazos. Francis les había ordenando tajantemente que lo alejaran de aquella pelea.

— ¡Que me suelten y un demonio! — Gritó exasperado. Arthur peleaba unos pocos metros más adelante. No importa que Gilbert le dijera que Arthur sabía de esta mierda. No le importaba incluso si estuviera peleando contra una niñita de cuatro años.

No soportaba la idea de Arthur con una herida. Menos por su culpa.

— ¡Qué... te cal...mes! — Le gritó Antonio siendo quemado por el odio azulado.

Todavía Antonio seguía sorprendido de haberlo encontrado en su misma pandilla. Y más aún su comportamiento. Y su fuerza.

— ¡Calma tu trasero hijo de puta, suéltame ahora! — Le gritó furioso tratando de zafarse.

— ¡Deja de quejarte... y mira... la pelea para que veas... a quien están moliendo! — Gritó Gilbert con voz ahogada. Hubiera deseado tener una cuerda para amarrar al Hulk, apodo made in Gilbert, contra un árbol. Aunque seguramente, comprobando nuevamente la fuerza de ese tipo, sacaría el árbol con tal de liberarse.

Podía entender la razón por la que Francis estaba tan desesperado por tenerlo en la pandilla.

Paulo recibió antes de siquiera intentar bloquear, un siguiente puñetazo ahora directo a la nariz. Sintió como la humedad le corría por el rostro cayendo en sus labios. Su sangre. Se aprontó a darle un golpe al estómago al rubio que había dejado la guardia baja para asestarle el puño en su cara, pero en cambio recibió otro golpe de respuesta. Era como si el puño le dijera "Ni lo creas, amigo. No me tocarás"

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora