Capítulo 28: "GRULLAS DE PAPEL"

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― Hoy mi madre me dijo un secreto. Es para hacer que despiertes ― Antonio sonrió con dulzura, acariciando las hebras castañas. Tiene tintes grisáceos por luz invernal. Todo era gris. Gris la vida, gris su alma, gris el mundo.

Antonio tiró del mechón, ese mechón rebelde que con tanto cuidado el más joven alejaba de los demás. Lovino ni se inmutó. En realidad, hace mucho tiempo que no lo hacía. Antonio algunas veces, en jugarretas de su mente, pensaba en Lovino despierto, apartándole de un manotazo, ofendiéndolo con ingeniosas groserías.

Antonio dio una pequeña carcajada. Una carcajada rota. Queda.

― No te diré cuál es el secreto, o no se cumplirá. Pero verás que todo se pondrá bien, yo... ― Le faltaba el aire. Dibuja una sonrisa, sin decir más. Esa sonrisa, eterna, ha sido lo único que lo ha mantenido a flote. No era feliz, pero se forzaba a serlo, o por lo menos a simularlo. Antonio sabe que lo único que lo mantiene cuerdo es aquella sonrisa que a veces tensa más que un alambre. Se aferra a ella, incluso si le duele, pues sabe que es una medida de salvataje. La única razón, aunque falsa, de consolarse que todo está bien.

Cuando deje de sonreír, Antonio estará perdido. Cuando todo se caiga a pedazos, Antonio se hundirá por completo. No saldrá, lo sabe. No saldrá. No tendrá fuerzas ni ánimos para conseguirlo. Y caerá, igual que la familia muerta, igual que su futuro, igual que sus sueños de la niñez.

En el mundo, hay gente que es bendecida, tanto como lo merezca o no. Del mismo modo, hay personas que nacieron con una marca en la frente, el símbolo del desastre. Esa marca, que tristemente tiene, hace que lo Superior decida hacerle zancadillas múltiples, unas más terribles que otras.

Antonio sabía que tenía una vida difícil, particularmente complicada en comparación a sus amigos. A veces los envidiaba, sorprendiéndose de cómo podían quejarse de pequeñeces cuando tenían todo regalado, mientras él... él tenía que truncar gran parte de sus sueños para luchar con el día a día.

Siempre ha sido así. Antonio siente que las esquinas de sus labios duelen. No. No puede. No puede caer ahora.

― Te traje flores, la enfermera dice que tu habitación es la que mejor huele, que cuando uno abre la puerta, sale el aroma. Yo traigo siempre las flores más dulces, dicen que así se llama a los ángeles ¿Crees en los ángeles, Lovi? Yo sí creo ― Está tentado a decirle que está dispuesto a creer en todo lo existente y en lo inverosímil si con tal de eso, puede abrir sus ojos ― Voy a llamar a todos los ángeles para que te ayuden, confía en mí. Soy medio inútil, pero esto lo conseguiré.

— ¿Te gustaron? Te ves tan bonito rodeado de ellas.

Sus ojos verdes ahora divagan por la pequeña ventana, que ilumina la estancia. Afuera, el sol es débil y blancuzco, pero es algo extraño considerando lo nuboso que es Londres. Lo toma como un buen augurio.

Todo puede ser una buena señal. Lo importante es aferrarse a eso y creerlo férreamente.

Los deseos del corazón son una de las fuerzas más grandes que existen.

La puerta se abre, Antonio da un brinco. Feliciano le sonríe con suavidad.

― Buenas días Antonio. Hoy hace muy buen tiempo ¿No?

― Buenos días ― Le sonríe de vuelta ― Sí, hoy es un día maravilloso. Buenos días Ludwig.

― Buen día ― Le responde el rubio al aparecer por el marco de la puerta. Antonio no se atreve a preguntar por las quemaduras de sus manos. Estás ocultas en gruesos vendajes, sin embargo eso no le impide sostener la gran cantidad de figuritas de origami. Antonio no se aguanta y pregunta por qué tantos animalitos de papel.

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora