Capítulo 12: "¿CITA DE AMIGOS?"

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A unas cinco cuadras del instituto, había un restaurante italiano. A pesar de ser bastante pequeño, era acogedor y tenía buena fama en los estudiantes por lo baratas que eran las pizzas. Alfred consideraba que no había mejor opción que ésta.  Arthur en tanto, le daba igual con tal que de que no fuera una tienda del Mc Donalds.

— ¿Y sabes por qué son tan buenas? ¡Porque no son inglesas! — Tras eso, recibe un codazo en el estómago. 

— ¡Ten respeto por el país donde vives! 

Arthur trastabilla al acercarse a una de las mesas vacías, producto de los nervios mal escondidos. No puede decirse de otra forma: nervioso. Arthur está nervioso porque tiene que sentarse en una mesa con Alfred, solos, y comer tras un terrible y vergonzosa invitación. 

Intenta alejar el calor de sus mejillas al verse en el reflejo de la ventana, tomando mayor realidad cuando el Alfred de la ventana no quita los ojos del Arthur de carne y hueso. Cierra los ojos unos  segundos.

Alfred se ríe, no sabe porqué pero está nervioso.

— Oh, no lo niegues. La comida inglesa es tan peligrosa como una bomba nuclear— Arthur rueda los ojos. Antes de que pueda volver a discutirle, alguien le interrumpe.

— ¡Buenas tardes! ¿Qué desean servirse? — Una voz, desagradablemente conocida, se escucha tras su espalda. Arthur voltea robóticamente.

Un par de apasionados y alegres ojos verdes chocan con los verde esmeralda.

Antonio.

— ¿Qué haces tú aquí? — Pregunta, sin decidirse en sentir molestia, sorpresa o preocupación.

— ¿Cejas? — El moreno también parece estar sorprendido.

Alfred quiere preguntar de donde se conocen.

— ¿Vas a parar de decirme alguna vez así? — El contrario se alza de hombros como toda respuesta, eso es un no. Mantiene esa eterna sonrisa que el británico le ha sacado de quicio.

— Nunca. Y trabajo aquí ¿A que sé ganarme la vida? — Se señala con soberbia.

— Quiero una pizza hawaiana, de tamaño familiar— Interrumpe Alfred con una sonrisa algo forzada.

— Oh, claro— Y Antonio, quien parece recordar que debe demotrar que realmente trabaja, se apronta a escribir en una libreta.

— ¿Con piña? ¿Qué gustos te inculcaron en tu casa? Ah, se me olvidaron que eres un tonto americano. Ni diré algo sobre el tamaño— Dice Arthur.

— Qué te importa, es mi favorita— Le saca la lengua. Arthur niega varias veces.

— Yo quiero una pequeña, la de mariscos— Señala cierta de la carta. Frunce las cejas— Y ni se te ocurra ponerme veneno, maldito idiota.

Antonio se cruza de hombros.

— Bah. Si tuviera problemas bien lo resolvería a los puños y no ocupando trucos sucios como tú.

Alfred frunce las cejas. ¿De dónde se conoce con Arthur? ¿Quién es ese idiota como para decir eso?

— ¿Trucos sucios? ¡Te dejaría botado en el piso en menos de cinco minutos sin ocupar ningún truco! — Observa como sus labios se curvan con cierta oscuridad. Su posición relajada, las pulseras de cuero en sus muñecas, la camisa a medio abrochar. Sus ojos brillaban con prepotencia. Pero son enigmáticos, algo así como atrayentes, piensa, de esa forma en que uno no los puede dejar de mirar porque te absorben.

A tres pasos de ahorcarteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora