El Monstruo y sus diarios.

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Regina apareció en su habitación en la mansión. Prefería ir donde nadie la encontrara, pero los Encantadores descubrieron su lugar y no tenía a dónde ir.

Aferró sus brazos a la almohada y hundió su rostro y lágrimas en ella, sentada en el borde de su cama. El llanto se hacía cada vez más fuerte. Un movimiento de su mano y estaba en pijamas otra vez. La cura funcionó, lo sabía, lo sintió. Después de pasar su garganta, un sentimiento opuesto al que vivió cuando tomó la poción para no tener hijos recorrió su cuerpo. El dolor y la infelicidad se convirtió en alivio. Pero la infelicidad seguía allí. Tal vez arregló uno de sus desastres, pero su hijo no la veía como nada más que una bruja malvada. Ya no creía en ella más. Y si Henry no creía que podría ser buena, si no le daba la oportunidad, si él perdió la esperanza en ella... ¿Por qué debería siquiera intentarlo?

Ahora todo era claro a sus ojos. No había razón por la que debía ser buena. Estaba cansada de ser la mala y perder constantemente. No era la Reina Malvada, pero las personas la veían como tal. No era nadie, pero el odio y el miedo se reflejaban en las miradas de la gente cuando caminaba por la calle.

Henry ni siquiera la veía como parte de su familia. Cuando lo miró, su rostro reflejaba el mismo odio que todos esos ciudadanos con los que ni habló. Nunca pensó que su hijo formaría parte de ellos, aunque sí era uno de sus miedos, pesadillas más oscuras, pero no creía que terminaría por hacerse realidad. Se suponía que él sería el único que nunca le haría daño, que nunca la dejaría como todos lo hicieron, de una manera o de otra.

No, lo que Regina necesitaba era un medio eterno, una forma de salir de su vida de soledad y dolor, y despertar como si nada hubiera pasado, viendo a la persona que más amaba, su único y verdadero amor: Henry. Afortunadamente, tenía todos los ingredientes en su bóveda. Era así desde que la magia llegó a Storybrook. Todas las señales parecían gritarle que eso era lo que debía hacer, que era lo correcto. Liberaba a Storybrook de una maldad innecesaria y por fin tendría un poco de paz y soledad, y no de la que la hería y estaba tan acostumbrada.
La maldición del sueño.

Entonces escuchó un sonido de abajo. Eso no lo oía a hace rato y le costó acostumbrarse. Era el timbre. Tal vez era Henry, que venía a disculparse. Esa idea le daba, por más ridículo que suene, esperanza. Se apresuró bajar, en medio de las escaleras, con un movimiento de su mano, cambio su ropa a un vestido ceñido al cuerpo, color beige, y tacones negros. Pensó en maquillarse, pero recordó que era inútil. A su hijo no le importaba y tenía los labios rojos o no.

La emoción se esfumó al ver a Emma Swan, de pie frente a ella, del otro lado de la puerta, con los brazos cruzados y expresión dubitativa y nerviosa. Creyó hasta ver miedo en sus ojos. La emoción se reemplazó con decepción.

«Hola» dice la rubia cuidadosamente, como si tuviera miedo de romperla con las palabras.

La morena levantó una ceja. Notó esa actitud de la mujer y no hizo más que irritarla. «¿Qué hace aquí, miss Swan?»

Emma dudó, sentía que toda palabra que saliera de entre sus labios sería un balbuceo incomprensible. «¿Quería saber para qué era la poción que hacía esta mañana?».

«¿Cuando irrumpieron en mi bóveda sin ningún respeto hacia mí o mi propiedad?» dice irritada con tono irónico, una expresión de disgusto inundaba su rostro. «Eso es asunto mío».

«A menos que quiera vengarse...»

«No se preocupe, querida. No pienso meterme con usted o su... Familia feliz» menciona eso último despectiva con una mueca de disgusto en su rostro. La rubia queda en silencio.

Regina suspira y cierra la puerta, pero es detenida por la mujer.

Ella revira los ojos, tirando levemente la cabeza hacia atrás, frustrada. «¿Ahora qué?»

Emma estaba por soltar las siguientes palabras con toda la seriedad del mundo. «¿Está bien?»

Desearía no haber escuchado la
respuesta.

«¿Acaso eso importa?» y se escucha el portazo.
Eso no hizo más que preocuparla.

Regina, decepcionada, notó que esa era la señal, la llamada, que decía que haría lo correcto. Ella debía preparar la maldición, escribir una carta... Pero después... Después se iría a dormir.

Emma casi le rogaba a Henry que visitara a su madre. Pero él se negaba y afirmaba que Emma era su madre, no Regina, Regina era la Reina Malvada.

La rubia no pudo evitar sentirse furiosa. Sí, por fin tenía a su hijo sólo para ella. La reina Malvada, esa persona que la hizo sufrir a ella y a su familia, obtuvo su merecido. Pero la actitud de su hijo ella irreconocible, impropia de él. Henry irradiaba nobleza. Sin importar qué, él creía en la gente, era capaz de perdonar fácilmente. Pero ese niño no actuaba como tal.

Regina podía ser malvada, pero la situación en la que la encontró en su bóveda... No evitó sentir pena por ella. Cuando la miró, encontró a una mujer rota. Y una mujer rota es capaz de cualquier cosa. La morena se lo dejó claro en una ocasión, durante la maldición. En el caso de Regina, no era para herir a los demás, lo notaba. Cuando Henry la trató como un monstruo, la vió malherida por dentro, con la necesidad de huir. Ella iba a hacer algo malo, pero a sí misma.

Decidió que debía descubrir qué hizo en su bóveda. Revisar los libros y el lugar. Bajó las escaleras y giró la vista a donde Regina se encontraba la última vez. Todo seguía en su lugar, no había vuelto desde entonces. No sabía qué hacer con el desastre, por donde empezar. Entonces notó entre los libros el que la morena sostenía entre sus dedos esa mañana. Lo tomó y pasó las páginas rápidamente hasta el final. Había un nombre escrito allí: Rumplestilskin. ¿Por qué Regina tendría su libro? Seguramente lo robó o hizo algún trato con el Oscuro, pero eso no importaba. La respuesta estaba en las páginas. La respuesta a la pregunta: ¿qué hizo Regina?
Pero, de nuevo, no sabía dónde empezar.

Sigue buscando. Sus ojos se posan en un armario gigante. Con sólo dos puertas, las abre. Estaba lleno de vestidos de sus tiempos como reina. Decepcionada pero impresionada al mismo tiempo, cierra las puertas y se concentra en los cofres. Solo objetos mágicos u ordinarios en todos lados, aunque se sobresaltó al ver una serpiente de dos cabezas en un cofre, que cerró a la velocidad de la luz. Su mirada vuelve al armario, arriba. Un montón de cuaderno negros sobre el mueble. Hace una torre de libros para alcanzar la cima. Toma todos los que puede, unos tres, y baja.

Aunque estaba curiosa por todo eso, no podía arriesgarse a que Regina la encontrase en esa situación.
Así que abandonó el lugar y fue a la comisaría. Confiaba más en que nadie encuentre eso en su oficina que en su apartamento, rodeada de una familia de héroes entrometidos.

David no podía quitar sus ojos del diario de Regina. Pensó que seguramente allí estaba la respuesta a la crueldad de Regina, a las muertes, el odio a su esposa, todo. Snow le contaba historias de una Regina dulce y amable, pero él no terminaba de creerlas. ¿Cómo una persona tan cruel y malvada pudo ser buena en algún punto? Entonces recuerda lo que Regina le dijo una vez, cuando estaba maldito: "Yo siempre creí que malvado no se nace, se hace". Tal vez allí decía que la hizo mala. No le preocupaba la invasión a la privacidad y, por primera vez, hacer lo correcto.
Leyó el primer párrafo.

"Padre hoy me brindó un regalo. Un caballo. Rocinante, lo llamé. Madre intentaba alejarme de él, porque no es apropiado para una dama que cuide un animal por sus propios medios. La ignoré, a pesar de su ira y su maldad. Ese caballo era lo único que me brindaba felicidad además de mi padre. Cuando lo monté, me sentí libre, al fin. Estaba lejos de toda maldad, toda magia... Estaba lejos de mi madre. Ella dijo que montaba como hombre, que una dama lo hacía con gracia. Una vez más, arruinó algo preciado para mí."

David no sabía que pensar. No tenía idea de si esa mujer era dulce y amable. Pero al parecer era reprimida por su madre. No era suficiente. Pasó hasta el final, para ver si había algo más detallado y se encontró con el principio de la historia que conocía.

"Estaba en los establos, cuidando de Rocinante. Sentí un ruido detrás de mí y pensé que era un intruso. Lo golpearía con una herradura y correr, pero antes de que me diera oportunidad me vió. Era el nuevo mozo de cuadra. Daniel, su nombre es Daniel."

ReginaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora