«... Y entonces el Enviado apareció en mitad del caos, controlando a sus bestias y ordenándoles que no siguieran masacrando a las gentes. Las hordas de criaturas que obedecían a su señor se detuvieron, esperaron...
El Señor de los Demonios se...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Me puse en pie como un autómata. Mi deseo de obtener respuestas se había visto cumplido... con creces: no solamente conocía la historia de Elara —el hecho de que nunca me hubiera querido— y el mayor secreto que ocultaba Setan, su verdadero origen. La verdad que había tras el ataque de los demonios que nos habían conducido a esa situación, donde cada año el Señor de los Demonios elegía a una chiquilla para convertirla en su juguete personal. En su disfrute por órdenes de Hel.
—No tengo a dónde ir —dije, monótona.
—Y este no es el lugar idóneo, Eir —me contradijo.
Miré a mi tía, sintiéndome desamparada. Setan me había hecho prometer que no volvería a la aldea, que me marcharía lejos de allí, pero no sabía hacia dónde ir... como me resistía a acatar las órdenes del Señor de los Demonios; recordé que Barnabas seguía estando atrapado en las mazmorras. Que Setan continuaría bajo el yugo de Hel, habiendo sacrificado por segunda vez la oportunidad de poder liberarse. Y que la reina de los demonios seguiría disfrutando del caos que ella misma había organizado, alargando de ese modo el sufrimiento de Setan.
Hel creyó que Elara podría desbaratar sus planes.
Luego lo creyó conmigo, sabiendo quién era yo... sabiendo que su propia magia corría por mis venas a causa de Setan y lo que hizo cuando ayudó a mi tía a escapar de entre sus garras.
No podía abandonar. No podía dejarlos atrás.
—No puedo marcharme de aquí —se me escapó.
Elara me dedicó una viperina sonrisa.
—Eres más estúpida de lo que yo creía, entonces —su insulto no me molestó; sus palabras ya no tenían sobre mí el poder que habían tenido antaño. Lo mismo que ella.
Alcé la barbilla para demostrarle que no me hacía daño, que ya no podía herirme después de todo; luego le dediqué una sonrisa refleja de la suya, logrando que los labios de Elara se aplanaran, haciendo desaparecer su sonrisa.
—Voy a regresar al castillo —decidí, sintiendo que mi pecho se hinchaba ante aquella afirmación; estaba tomando la decisión correcta—. Y tú me vas a acompañar, Elara.
El rostro de mi tía perdió color al escuchar que iba a venir conmigo.
—No.
Hice crecer mi sonrisa y dejé que las sombras vagaran de nuevo por mi cuerpo a modo de aviso.
—Vas a hacerlo —reiteré—. Se lo debes.
—Yo a ese hombre no le debo nada —siseó Elara apretando los puños—. Él a mí sí.
El desprecio de escucharla hablar de ese modo arrugó mi rostro en una mueca cargada de desagrado.
—Setan tenía razón al afirmar que estás tan llena de oscuridad que es imposible salvarte de ella —le escupí, esperando que reaccionara—. ¿Quién crees que hizo más daño, Elara? ¿Él? Setan te ocultó el matrimonio de mis padres porque no quería verte sufrir, y arriesgó su propia vida para sacarte del castillo. Para liberarte.