«... Y entonces el Enviado apareció en mitad del caos, controlando a sus bestias y ordenándoles que no siguieran masacrando a las gentes. Las hordas de criaturas que obedecían a su señor se detuvieron, esperaron...
El Señor de los Demonios se...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Briseida tenía el rostro lívido cuando salió del baño. El aspecto de Bathsheba no distaba mucho del de su hermana; apenas habían pasado unos segundos desde que había confesado que las sombras podían tocarme, siendo la primera vez cuando Elara había fingido estar jugando conmigo para encerrarme en un cuarto oscuro. Sin embargo, no solamente era capaz de tocar las sombras, tal y como había dicho Bathsheba, sino que también podía escucharlas. Los susurros que me acechaban en la oscuridad debían proceder de las mismas sombras, que disfrutaban atormentándome con sus insidiosas palabras.
La mirada que compartieron ambas hermanas me puso a la defensiva, pues intuía que no era nada bueno lo que ocultaban.
—Estáis haciéndolo de nuevo —las acusé, señalándolas con un brusco ademán.
Briseida pestañeó confundida.
—¿Haciendo el qué? —quiso saber.
Le dediqué una mirada enfadada.
—Dejándome al margen... otra vez —contesté.
Bathsheba frunció los labios al mismo tiempo que Briseida se retorcía las manos, resultando mucho más culpable. Había empezado a conocerlas, reconociendo los discretos códigos de hermanas que mantenían para poder compartir información sin que yo lo supiera.
Las miré a ambas, notando la quemazón del enfado en la boca del estómago.
—Creo que merezco saberlo —dije, apoyando las manos sobre mi regazo—. Sea lo que sea, creo que merezco saber qué es para poder entender cómo es posible que pueda... hacer esas cosas.
Bathsheba y Briseida compartieron una nueva mirada, una que estaba llena de pesar que no parecía augurar que fueran a decirme nada bueno. Me removí con inquietud sobre el colchón, empezando a sentir la humedad del sudor en las palmas de mis manos; la silenciosa y cálida presencia de la perrita bajo mis faldas hizo que me sintiera estúpidamente reconfortada. Quizá porque el animal era tan normal como yo dentro de los muros de aquel castillo lleno de demonios.
—Eir, ¿qué sabes de los demonios? —me preguntó Briseida con suavidad.
—No... no mucho —reconocí, sin saber muy bien por qué me había formulado aquella pregunta—. No lo suficiente, al parecer.
Bathsheba ahogó un bufido ante mi respuesta y se ganó una mirada de reproche por parte de su hermana.
—Sé que vuestra sociedad está... jerarquizada —añadí, recordando mi conversación con Briseida en los jardines.
Mis ojos se abrieron de par en par cuando recuperé un fragmento de una conversación que mantuve con la Maestra, la mañana posterior a mi primer rescate contra la oscuridad... cuando el Señor de los Demonios me había sacado de mi dormitorio para cambiarme a otro más iluminado.
La mujer dijo...
—La oscuridad forma parte de los demonios.
Bathsheba y Briseida volvieron a mirarse entre ellas, confirmando de esa manera lo que acababa de decir. Mi cuerpo sufrió una sacudida cuando los engranajes de mi cabeza empezaron a funcionar, uniendo las piezas dispersas de lo que había sucedido y encajando algunas.