«... Y entonces el Enviado apareció en mitad del caos, controlando a sus bestias y ordenándoles que no siguieran masacrando a las gentes. Las hordas de criaturas que obedecían a su señor se detuvieron, esperaron...
El Señor de los Demonios se...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Cuando mis doncellas vinieron para anunciarme que la cena estaba servida, y que su amo ya se encontraba esperándome, me fijé en que la noche había caído. Me deslicé fuera de la cama, dirigiendo mis pasos hacia la puerta, cuando la mano de Bathsheba me aferró por el brazo, deteniéndome.
Briseida también parecía encontrarse preocupada y nos observaba a ambas a unos metros de nosotras.
—Tenéis los ojos hinchados —señaló Bathsheba, suavizando su tono por primera vez desde que nos habíamos conocido, horas atrás—. Supongo que no querréis presentaros con ese aspecto frente al amo.
Me guió hacia el tocador, sin apartar la mano de mi brazo. Se colocó a mi espalda una vez estuve instalada en la cómoda banca, contemplando mi reflejo y comprobando que mi doncella estaba en lo cierto: el contorno de mis ojos estaba enrojecido y ligeramente hinchado debido a las lágrimas que había derramado en silencio, temiendo que alguien pudiera estar escuchando.
Bajé la mirada hacia mis manos, que reposaban sobre mi regazo, abandonándome por completo a mi doncella y sus conocimientos para disimular los delatores rastros que había dejado el llanto en mi rostro.
Bathsheba puso un gran empeño en su tarea, usando polvos y productos que había visto usar de manera puntual a mi madre y a mi tía. Cuando la voz de mi doncella me indicó que podía mirarme en el espejo, alcé la mirada y contuve las ganas de echarme a llorar de nuevo, en esta ocasión de rabia; la chica que me devolvía la mirada desde la superficie cristalina se asemejaba más a la imagen de una versión mucho más joven de Elara. A pesar del gran parecido que había entre mi madre y su hermana, la chica del espejo se daba un aire a mi tía.
Y yo lo detesté.
No quería compartir con ella más de lo necesario, y en esa corta lista no entraba la similitud física.
Bathsheba me contemplaba a mi espalda con una expresión inescrutable, aunque era su mirada la que conseguía delatarla: una simple y pequeña chispa de reconocimiento. Como si la chica del espejo no le resultara ajena.
—El amo ya está esperándola en el comedor, señorita —el recordatorio de Briseida me devolvió al presente, ayudándome a alejar los turbulentos pensamientos que me habían atosigado desde que hubiera decidido ver el resultado de los esfuerzos de Bathsheba para ocultar mis ojos hinchados—. No debe retrasarse.
La busqué en el espejo, tras su compañera, cerca de la puerta. En ella pude percibir con mucha mayor claridad lo mismo que había visto en Bathsheba: reconocimiento. Familiaridad. Conocimiento.
Secretos.
Recordé las órdenes que me había dado el Señor de los Demonios cuando me había mostrado el dormitorio: una de ellas era acompañarle durante las cenas. Y no se me estaba permitido faltar a ninguna si no había por medio una razón de peso suficiente para mi ausencia.