Estaba un águila en lo alto de un peñasco esperando a las liebres para darles caza.
En eso llegó un cazador que, lanzándole una flecha, la hirió mortalmente.
Al comprobar el águila que el dardo lucía sus mismas plumas, exclamó:
–¡Qué tristeza tener que morir por causa de mis propias plumas!
★★★★★★
Moraleja: Más profundo es nuestro dolor cuando nos vencen con nuestras propias armas
