—Volverá —me aseguró Lucía, pero ni siquiera ella parecía convencida—. Solo necesita pensar las cosas con calma.
Una hora antes me había dejado caer en el sofá como un peso muerto y así continuaba, con la cabeza entre las manos y el pecho temblando a causa de los sollozos. Mi amiga ya no sabía qué decir para consolarme. No la culpaba. Ella también se había percatado de la transformación de Jota, e incluso debía conocer qué la había motivado.
Desesperada por encontrarle un sentido a todo aquello, me decidí a preguntarle.
—¿Tú sabes qué le pasa? —la interrogué, aunque en mi mente la frase sonaba a afirmación.
Apoyó la mejilla contra el respaldo y desvió la vista al techo.
Tenía casi tan mal aspecto como yo.
El rimmel se acumulaba bajo sus pestañas inferiores y seguía más pálida de lo normal. Su perenne sonrisa también la había abandonado.
—Me hago una ligera idea —contestó al fin, mordiéndose las uñas de la mano derecha.
—¿Y bien? —la urgí, olvidando por completo mi promesa de no hurgar en las heridas de los demás.
Hubiera esperado lo necesario para que Jota se abriera por completo a mí y me dejara intentar aliviar su dolor, pero se me había acabado el tiempo. Cada vez que parpadeaba, la imagen de sus ojos vacuos y carentes de vida regresaba para atormentarme.
—Me matará si se entera de que te he contado esto, así que ya puedes mantener la boca cerrada — aseguró, inquieta, y me pareció que ni siquiera estaba segura de continuar hablando—. Todo es por Annie, siempre ha sido por Annie. Antes no actuaba así. Siempre ha sido algo arrogante, pero era extrovertido, quedaba con sus amigos y no pasaba las noches encerrado o torciendo el gesto cada vez que alguien le dirige la palabra, como hace ahora. O hacía hasta que apareciste tú. »Mi prima, su hermana... murió. Falleció en un accidente de tráfico. Perdió el control del coche y se empotró contra un árbol en una carretera comarcal. —Sus ojos se humedecieron y tuvo que hacer un pausa para no romper a llorar—. Jota y ella eran mellizos, estaban muy unidos.
La tristeza impresa en su voz me sacudió con tanta fuerza que permanecí inmóvil y no dije ni una sola palabra. Yo era hija única, jamás había disfrutado de ese compañerismo que se establece entre hermanos, pero podía imaginar lo que supondría la pérdida de alguien al que habías estado ligado desde el momento de tu concepción, como era el caso de Jota.
Lucía tomó aire antes de proseguir el relato.
—Eran inseparables —prosiguió con la mirada perdida, como si estuviera evocando toda clase de recuerdos—. Nunca existió entre ellos rivalidad alguna ni se peleaban por nada. De pequeños compartían todos sus juguetes e incluso tuvieron que cambiar a Annie a la clase de Jota en los primeros años de colegio porque los habían separado y se pasaban las horas llorando y llamando al otro. Cuando crecieron mantuvieron el mismo tipo de relación. Annie era pura luz, como un ángel. Cuando entraba en una habitación deslumbraba a todos con sus sonrisa. Y con Jota, aunque te cueste creerlo, pasaba exactamente lo mismo. El cariño que había sentido por Annie y que seguía sintiendo por Jota quedaba patente con cada palabra.
Me imaginé a un chiquillo con una mata de pelo negro y dos grandes ojos azules de la mano de su versión femenina, ambos sonriendo. La escena me rompió el corazón.
Ahora entendía por qué Jota no quería hablar de ello. Vivir sabiendo que ella ya no estaba a su lado debía ser tremendamente doloroso para él.
—Parte de mí —murmuré, captando el significado del tatuaje que Jota lucía en el brazo.
—Se lo hizo poco después del funeral —repuso mi amiga, comprendiendo a qué me refería.
ESTÁS LEYENDO
Antes de que me dejes ©
Teen FictionA veces es bueno arriesgarse y hacer que las cosas pasen sin medir las consecuencias de nuestros actos, la palabra "rendirse" esta prohibido.
