Capítulo 8: Diversión.

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    Sentía mucho cansancio, sus ojos no estaban tan abiertos, pero podía ver frente a ella el mueble de los libros y sabía que estaba sentada en la orilla de su cama.

    Y no podía escuchar nada, nadie más en su casa hacía ruido, tal vez nadie le acompañaba.
   
    Se sentía mareada, aunque no tanto, no es como si dentro de su cabeza las cosas dieran tantas vueltas.

    Aún confundida se puso de pie, sus piernas temblaban y un intenso dolor y ardor recorrió ambos brazos, más concentrados en sus muñecas.

    Soltó un quejido, levantó sus brazos y bajó su mirada, encontrándose con una herida vertical en ambos brazos.

    La sangre desplazándose por donde podía.

    Con mucho esfuerzo logró mover un poco sus manos, gotas de sangre iban a dar al suelo.

    —No, no... —su voz temblaba, y sentía un enorme dolor, una horrible sensación que le recorría todo el cuerpo.

    «¿Por qué lo hice? ¿por qué? ¿por qué?»

    Dolía, dolía bastante.

    Sintió su pecho comprimirse y soltó un grito, un grito de profundo dolor mientras las lágrimas abandonaban sus ojos.

    Como pudo avanzó hasta la puerta y con una de sus manos llena de sangre giró la perilla, el esfuerzo le había costado demasiado. Podía ver cómo la sangre seguía abandonando su cuerpo, y sentirse cada vez más y más cansada.

    Cuando salió del cuarto sus piernas se tambaleaban, trataba de hacer que el oxígeno llegar a ella, incluso trataba de respirar por la boca. Poco a poco bajó las escaleras, murmuraba por ayuda, porque su voz ya casi no salía.

    —Por favor —gimió de dolor y bajó el último escalón. Pudo ver la puerta principal a unos metros de ella, caminó como pudo y apoyó ambas manos en la puerta antes de caer.

    «No quería hacerlo, no de verdad» «No, no, no, no...»

    —¡No! —gritó desesperada y ni siquiera supo cómo lo había hecho.

    Se dejó caer.

    Estando en el suelo sintió un nudo en la garganta, demasiado grande como para bloquear su respiración.

    Lloraba con desesperación y como podía se pedía perdón, le pedía perdón a su familia, a sus amigos. Y a la vida por haberla desperdiciado.

    Y de repente sintió eso de nuevo: la soledad.

    Se sintió sola, terriblemente sola.





    Cuando abrió los ojos se dio cuenta de que estaba llorando, y esa sensación horrible sensación aún estaba en ella. Se sentó sobre la cama y se talló los ojos, rápidamente miró sus brazos; todo estaba bien.

    Se volvió a acostar más aliviada, todo había sido un sueño. Trató de mejorar su respiración, de convencerse de que no había sido cierto, pero aún sentía el dolor como si fuese real.

    —Vaya sueño... —murmuró.

    Salió de sus pensamientos cuando la puerta de su habitación se abrió de repente. Su hermana apareció con el teléfono de casa en mano.

    —Te llaman.

    Lapis se puso de pie algo mareada y lo tomó, su hermana se fue de inmediato.

    —Hola.

    —¡Lapis!

    —Peridot —bostezó—. Buenos días.

Temores | LapidotDonde viven las historias. Descúbrelo ahora