A veces me pregunto si seré la única persona del mundo que tiene noches de esas noches. De esas noches en las que te pesa el corazón, y tienes que dejarlo como horrocruxes en letras o trazos, no bonitos, no bien hechos, simplemente tuyos, de corazón.
Cada vez que tengo una se esas noches, el corazón empieza en lo alto del cielo, alumbrando todo con mis sentimientos a flor de piel, tanto que incluso queman. ¿Luna llena en mitad del firmamento? Superluna eclipsando el resto de satélites, tan grande, tan brillante... De pequeña siempre miraba al sol, no sé por qué, sólo lo hacía, pero la cuestión es, que después de eso, siempre lloraba (involuntariamente, claro), estando así, llena. Ahora me pasa algo parecido, pero conmigo misma, ya que al brillar tanto mis sentimientos, me deslumbran en la mirada, y acabo calmándome la sed.
La noche es joven, dicen, pero a mitad de esta, mi corazón decrece a gibosa menguante, momento del suicidio mental. Para esta fase no tengo ninguna anécdota de cuando era pequeña llena, ni siendo cuarto menguante, pero puedo decir que ahora me siento sola. Diría que vacía, pero aún estoy tan llena que reboso dolor y pena, tanta que podría llenar tres lúnulas crecientes hasta hacerlas llenas, así que mejor no digo la inmensidad de mi luna antes (nunca fui de presumir).
Y sin parar por cuarto, el final de la noche ha llegado, y con su llegada yo me he seguido vaciando, por dentro e incluso algo por fuera. Es una de las fases que menos gustan, llena y la vez vacía, tan vacía, acompañada por el resto de estrellas, pero a la vez tan sola. Cada vez me queda menos brillo con el que guiarme, o simplemente con el que poder ver a dos constelaciones, pero igualmente estoy en órbita. Con cada lágrima he ido vaciando uno a uno los sentimientos, y, aunque van muchos (tantos que ya he perdido la cuenta), no son todos (os recuerdo la inmensidad de mi brillo cuando estoy llena, sin presumir). La noche es larga, pero siempre acaba, para bien o para mal, pero todo tiene un fin, y menos mal.
Amanece, luna nueva, ya estoy vacía. Por fin veo, pero sólo porque ha salido el Sol, y gracias a Dios, porque si no estaría perdida entre tantas galaxias y no sabría a qué planeta guiar por las noches. Me he quedado tan vacía que apenas veo mi reflejo en el mar. ¿Soy yo? ¿Será ese mi reflejo? No se ve nada... Igual es que no tengo nada que dar, no como el Sol, que después de dormir toda la noche se ve radiante... Claro, se ve precioso, él nunca se puede vaciar, siempre brilla sin necesidad de estrellas fugaces que le iluminen el paso... Ya me desahogué, y no sé si estoy bien por estar tranquila o si estoy bien por estar sin nada. Mejor me acuesto, mañana será otro día... aunque creo que volveré a ser nueva (o, simplemente, la misma).
[Pero lo que no sabía la Luna es que siendo nueva, tan natural y vacía, era preciosa, porque aunque apenas se viera por las noches, se podía ver a años luz que tenía millones de universos que ofrecer dentro de ella]
ESTÁS LEYENDO
Lluvia de noches
PoesíaQuizás el error fue quererte demasiado, o intentar quererte, sabiendo que nunca antes, lo habías hecho.
