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VICTORIA
Sobreviví a mi primer día de trabajo, al igual que mi primer mes.
Las cosas aunque son un poco más complicadas que en mi antiguo trabajo, le he encontrado el truco para mantenerme sobre la marcha. Decir que casi me hago pis en mis pantalones es poco, jamás en mi accidentada vida habría imaginado que me haría con más poder que el de una simple secretaria.
Gracias a Dios, todo me ha salido bien. Aunque ciertas personas me pongan literalmente el pie en mi camino. El señor Lev deja a mi cargo de vez en cuando alguno que otro trabajito que debería solucionar el señor Luciano. Pero como siempre, su vida sexual va primero.
Ruedo los ojos apilando varias carpetas, sacudiendo el agua de ellas. La reunión de hoy fue un total desastre. El señor Luciano hizo de las suyas, nuevamente.
¿Podría alguien explicarme porque los hombres piensan más con la cabeza de su cintura inferior que la de su parte superior ? O sea, es decir: con su pene en lugar que con su cerebro. Bueno, no puedo negar que es sexy y apetecible, pero su faceta de mujeriego le quita lo atractivo.
¿O será que lo estoy juzgando muy rápido?
El señor Lev llegó escupiendo sapos y culebras y, si soy realista, la cosa no pintaba nada bien. Igual, no es mi problema.
Dos cajas de revistas de cotilleos del corazón y algo más, llegaron en plena reunión. Y el resto es historia. Otra pantalla rota, papeles importantes mojados y personas huyendo de la furia del jefe.
Eso sin dudas, es lo que hace que no me aburra.
Termino de despejar la mesa y le hago señas a una de las chicas de limpieza para que me eche una mano con el reguero de agua. Salgo prometiéndole una salida por una tasa de café y un pedazo de pastel de limón. Mi favorito.
He hecho amistades en casi todo el edificio, aunque al principio las personas me miraban como "otra más que se va a tirar el jefe" sin siquiera darme la oportunidad de conocerme cómo realmente soy. Siendo honesta, me importa poco lo que piensen de mí.
Mis tacones resuenan por el piso de madera, atrayendo las miradas de la próxima cita de mi jefe, el señor Lev. Ambos son morenos pero con diferentes colores de ojos. Guapos de cabo a rabo, enfundados en exquisitos trajes de alta costuras. Uno va de gris y el otro de azul.
Les regalo una sonrisa, que ellos me devuelven y sigo mi camino hasta mi escritorio, dejando las carpetas sobre la superficie de cristal antes de hacerme con el teléfono que suena sin descanso.
Respiró hondo, minimizando la irritación que alberga mi cuerpo por andar de un lado a otro.
Mis tacones ya me molestan y mi falda casi que me restringe los movimientos de mis piernas.