Capítulo 8

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Cuando Julia despertó al día siguiente todo le pareció un sueño, pero a medida que pasaba el tiempo todo iba reafirmándose. Su madre apareció en su habitación para preguntarle que tal estaba.

- Bien, estoy bien. Sólo fue algo que me sentó mal anoche. - explicó ella.

- Genial. Voy a hacerme una tostada para desayunar. ¿Quieres una?

- Vale.

Julia salió de la cama y se cambió de ropa. Se había dormido con la ropa de la noche anterior. El maquillaje se le había corrido a consecuencia de las lágrimas, y se había secado sobre sus mejillas. Sería más difícil quitarlo. Salió de la habitación y se dirigió al baño. Allí, se lavó la cara, las manos y los dientes. Fue entonces cuando bajó al comedor.

- ¡SORPRESA!

Su hermana saltó desde detrás del sofá, con un par de globos dorados con los números uno y ocho. Julia se dio una palmadita en la cara. Se había olvidado de su propio cumpleaños. Su madre salió de la cocina con una tarta de tres chocolates. La chica sonrió. Era su tarta preferida, pero su madre nunca fue capaz de hacerla. Había aprendido, para aquella ocasión.

- Feliz cumpleaños, hija. - dijo su padre jovial, rodeándola con su brazo. Julia le dio un abrazo, al que pronto se unió toda la familia.

- Esto... - comenzó - Yo... No me lo esperaba... Muchas... Muchas gracias.

- Y esto - su padre le tendió una cajita alargada con un lazo - Es para ti. 

La muchacha la abrió.

- Esto... Esto era de la abuela. - murmuró observando el contenido de la caja. Se trataba de un collar de plata del que colgaba una circunferencia con una frase grabada. "Todo sigue un ciclo"

- Antes de morir me ordenó que te lo diese en tu décimo octavo cumpleaños. Tu abuela pensaba que esta vida es un ciclo. Que morimos, resolvemos nuestros asuntos pendientes, y vamos a un lugar mejor, que resulta ser la misma vida.

- ¿Algo así como la reencarnación?

- Exactamente.

Julia pensó en Bruno. Le había confesado que tenía miedo de cruzar al otro lado. Quizá volvería a nacer. Quizá no. Aquella teoría de su abuela era muy subjetiva. Sin embargo, aceptó el regalo con gusto. Era lo único que le quedaba de ella. Justo después se sentaron a desayunar.

- ¿Quieres hacer alguna fiesta con los chicos que conoces del pueblo? - le preguntó su madre. - Algo sencillo, venís aquí, pedís una pizza y listo.

- No tengo tanta confianza con ellos, mamá.

- Y ese tal... ¿Diego?

Julia miró hacia abajo.

- Parece que algo va mal. - comentó su hermana burlonamente.

- Cállate.

- No le hables así a tu hermana. - regañó su padre.

- Ha empezado ella.

- Sólo digo la verdad. - la niña volvió a la carga. - ¿Qué te ha pasado con Diego?

- Nos enfadamos. Bueno, yo me enfadé. Me enfadé por algo que... Que ni siquiera es su culpa.

En pocas palabras Julia relató a su familia lo ocurrido en las últimas noches, omitiendo, por supuesto, las apariciones de Bruno.

- Pero... ¡Diste tu primer beso! - dijo la madre tratando de animarla.

- Sí, con un chico al que no le gustan las chicas.

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