Capítulo XXXIV

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Mercy

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Mercy


        Me gustaría ser capaz de aparentar que estoy exenta del dolor, pero en cuanto un hombre de Escaballán me apresura y, al ver que no puedo ir más rápido termina alzándome contra mi voluntad, es notable que no soy inmune.

        —¿No podrías ser un poco más cuidadoso? —gruño en cuanto mis piernas golpean descuidadamente el umbral de la compuerta que lleva al próximo vagón—. Estoy desangrándome, no me hagas gastar las fuerzas que me quedan en partirte todos los dedos de la mano. —El calvo con barba en forma de candado arquea una de sus delgadas cejas—. Porque como el infierno que lo haré si...

      Aprieto los dientes con fuerza cuando me deja caer contra la pared, alejándose. Cada hueso del cuerpo tiembla bajo mis músculos, sin poder soportar estar en posición vertical, comienzo a deslizarme hacia abajo.

       —¡Hey, imbécil, ¿acaso no ves que está herida?! —grita Myko, y lo veo intentar alcanzarme antes de que Edipo se interponga en su camino.
      
        —Disculpa a Monóc, Mercy —dice Pablo acuclillándose para estar a mi altura—. Está acostumbrado a estar rodeado de personas sanas y fuertes, que pueden defenderse a sí mismas o que, mínimamente, pueden caminar más de dos metros sin ayuda. —Su burla, su necesidad de recordarme que odio el papel de chica indefensa se manifiesta en su sonrisa—. Pero no te preocupes, tu deplorable estado no te impedirá ver el espectáculo.

      El hombre se pone de pie y asiente hacia Monóc, quien golpea uno de los tres botones que hay ubicados junto a la puerta. Un cristal medianamente sucio y arañado comienza a avanzar hasta separarnos de donde será la pelea.

      Myko me mira sobre el hombro de Edipo, preocupado. Nisha parece estar lista para sacarla del camino de un golpe para que lo deje pasar. Letha cierra los ojos y niega con la cabeza, y sé que le duele no poder ayudarme tan bien como sé que se abraza a sí misma para que los temblores de sus manos pasen desapercibidos. Karsten, desde la punta más alejada, aparta la mirada de mí, clavándola en un punto fijo en el suelo. Parece furioso con algo o alguien, tal vez consigo mismo.

      Yo estoy enojada conmigo.

       —Les daré un minuto para que piensen en alguna patética estrategia que terminaré por frustrar —dice la luchadora de Pablo, poniéndole una mano en el pecho a Myko y empujándolo leve pero firmemente hacia atrás, para que retroceda mientras ella camina en reversa hacia nosotros.

       Uxia me dijo una vez que puedes conocer el grado de peligrosidad de una mujer por la forma en que sonríe. Las que no lo hacen se andan sin rodeos, mientras que las que regalan sus más flamantes, inmensas y adulterinas sonrisas son las que mejor saben apuñalar. Sin embargo, son las que sonríen a medias las más mortíferas; si se visualiza confianza, gracia y cierto misterio en la curva de los labios hay que dar por sentado que quien la porta no teme devorar el mundo o sacar ases de debajo de sus bragas.

Sin piedadDonde viven las historias. Descúbrelo ahora