Cuando el corazón no puede más de dolor busca recursos inimaginables para alivianar la pena. Fue la noche en que Igal, indagando los motivos que llevaron a Nacho al suicidio, participó de su primera sesión de macumba.
La sala estaba repleta de elem...
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Repentinamente el anochecer se volvió fresco. Causaba extrañeza el fugaz cambio de temperatura ya que la jornada había sido, al igual que las anteriores, calurosamente insoportable. Pero un alivio tranquilizador soplaba desde el río en forma de suave brisa y mientras los minutos pasaban las ráfagas iban en aumento, a medida que la noche daba inicio a su brillante ceremonia.
Formosa comenzaba a iluminarse. El alto mirador de la costanera intuía que ese viernes varias parejas buscarían refugio en sus peldaños cuando un súbito relámpago iluminó ambas orillas y a los pocos minutos, un trueno invitó a las primeras gotas a bailar un vals sobre las aguas del sereno río Paraguay.
Ludovica, ajena al romanticismo costero, salía estresada de su bufete. Estaba cerrando una semana particularmente difícil. Poco y nada podía avanzar con los casos de su estudio porque la feria judicial se había prolongado y lo único que hacía era completar formularios, escuchar el reclamo de sus clientes, y —claro está— realizar alguno que otro trabajo de inteligencia, de esos que solía encomendarle a su amigo detective, que siempre terminaban ayudándola.
Pero necesitaba despejarse. Una secuencia de idas y vueltas le ponía los pelos de punta. Para colmo, Luciano estaba en Brasil y no volvería hasta dentro de diez días, así que había perdido a su partenaire. Trataba, inútilmente, de seducir a Mecha y a Érika para tener una noche de minas, pero ninguna quería salir de pachanga y ella no quería quedarse en casa.
«Joder, que nos cagamos de calor toda la semana y ahora que llega el finde, el tiempo choto quiere hacer de las suyas. Que no se le ocurra llover. No, seguro que es la típica tormenta de verano; van a caer cuatro gotas y pasa», pensaba e intentaba convencerse de que así sería. No definía aún si saldría sola. Esperaba que las chicas le hicieran la segunda, pero si no sucedía, encontraría algún un pub para sumergir su cansancio en lo profundo de una botella de cerveza o un par de margaritas.
«Darío está hasta la nuca de laburo. No me llamó en todo el día, y cuando intenté comunicarme con él estaba subido a una torre a más de ocho metros de altura. ¡Quién me manda ponerme de novia con un ingeniero! Encima es requeté mamengo y no puede pasar dos semanas sin volver a la casa de su mamita. No, si a mí me tocan los boludos, tengo un imán yo para esa clase de tipos», en su enojo hasta el pobre novio ligaba. Darío es un tipo trabajador, lleno de proyectos y buenas intenciones. Pero ella quería un novio de tiempo completo, y estaba cansándose de sus reiterados viajes.
«Qué bajón que no pudo terminar el proyecto. Le faltó una manito política. Pobre gordo, está como Igal cuando vino a Formosa. Todo lo que anduvo aquel loco para habilitar su consultorio. Y cuando por fin lo consiguió, así también le fue. ¡Qué macana esta provincia que está tan politizada; si no tenés contactos, no podés avanzar con el papeleo burocrático!», en sus recordaciones siempre aparecía la figura de Igal. Ludo lo adoraba, habían estado juntos en las buenas y en las otras. Efectivamente, su novio llegó al igual que el terapeuta con un título bajo el brazo y un sensacional proyecto.