Cuando el corazón no puede más de dolor busca recursos inimaginables para alivianar la pena. Fue la noche en que Igal, indagando los motivos que llevaron a Nacho al suicidio, participó de su primera sesión de macumba.
La sala estaba repleta de elem...
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La sala olía a humedad y almizcle. La semipenumbra del lugar anticipaba un leve mareo involuntario, y el sordo tintineo de copas que trincan sus cristales ante legítimos deseos parecía suponer que, al menos para algunos corazones, habría un destello de ilusión o de esperanza.
El recinto estaba acondicionado de modo bastante extraño. Él recordó que siendo un niño, su madre lo había llevado en innumerables ocasiones a un sitio parecido. Le llamaban terreiro, y quedaba a las afueras de la misma ciudad. Pero era diferente lo que allí había visto. Para comenzar, siempre iban por las tardes y todo era blanco y semejante a una iglesia. Acá, los colores, aromas y sonidos no le resultaban parecidos. Era la primera vez que sus ojos verían un trabajo de aquellas características. Todo le parecía anecdótico y al mismo tiempo, inquietante. No sabía si sentir miedo, tristeza o alegría. Pero no dejaba de tener ansiedad.
El barrio donde estaba ubicada la residencia era de casas bajas. Luego de deambular algunos minutos por la zona sur de la urbe, el taxi por fin encontró la dirección señalada. Un camino sinuoso que se abría al costado de la única calle que conduce al puerto, detrás del enorme cartel de Coca-Cola, los fue alejando de a poco de los últimos indicios de civilización. Ya no había luces en las aceras, el asfalto se había suspendido hacía más de quinientos metros, y los únicos vecinos del barrio parecían estar a más de sesenta metros de distancia. Un foco solo y triste, a lo lejos se esforzaba por proyectar sombras nada menos que espectrales.
No bien bajó del taxi, al pisar la tierra seca y rojiza del lugar, sintió el penetrante aroma del jazmín magno arremeter con furia e invadir sus narinas con un profuso recuerdo. Era el mismo aroma de su niñez. En la evocación lo intuía dulzón y amaderado, menos embriagante que el del óleo fraga y más sutil que el de las flores de naranjo. Sería, sin dudas, una señal de la tía Esperanza. Ella le había prometido que estaría a su lado siempre, y a pocas semanas de fallecida, ¿reaparecía misteriosamente para cumplir su palabra? Fue así como se animó a entrar, porque estaba tenso y con ganas de implorarle al taxista que lo llevara de regreso... Pero el perfume del rugoso jazminero de flores moteadas le hizo menoscabar el primigenio impulso.
Pagó el viaje con un billete grande a sabiendas de que el taxista no tendría vuelto para darle, y como un modo de propina extraña y comprometedora que le inspirase confianza para buscarlo en la madrugada, tal como habían pautado. Es que pocos eran los choferes que se habían animado a llevarlo, y ninguno de los que accedieron quiso pautar el viaje de regreso.
—Lo esperaré puntualmente al amanecer —intentó disimular el miedo angustioso que sentía al entregar la paga—. Por favor, no vaya a dormirse, que no tengo modo de salir de este lugar si no me busca —remarcó.
—Quédese tranquilo que Motta jamás abandona a un cliente, y créame que he conducido por peores sitios. La oscuridad es la que nos hace ver fantasmas. No hay bandidos por la zona, ni cuatreros. Lo único que nos podría salir al cruce es un perro o alguna gallina trasnochada —soltando una bocanada de humo tomó el billete en la oscuridad del carro, presto a encender su yesquero para mirar la cifra, porque no funcionaba la luz interna de su luneta.