9: «V» DE VIOLENCIA

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NUEVE

«V» DE VIOLENCIA


El silencio que emana de la casa es espectral; sin embargo, la puerta semiabierta revela que la paz dentro de ella se ha irrumpido en algún momento. Antes de entrar, respiro diez veces, como mamá me enseñó de pequeño. «Cuando tengas miedo, cariño —me decía—, imagina que el aire es la fuente de un magnífico poder que está justo... —entonces, pinchaba en medio de mi pecho con su dedo índice— aquí. —Y sonreía; entonces, se sumaban mis carcajadas tras abrazarla con fuerza».

—Diez. —Esa pequeña estrategia me sirve de verdad. Al acabar de contar, siento que estoy más fuerte, me atrevo a poner la mano en el pomo, y sujeto la mochila con la otra.

La puerta no chirría como otras veces.

Observo que las luces están apagadas, incluso las del segundo piso y con el sol casi oculto, la casa se ve ajena. Una ventana se encuentra indecisa entre dejar pasar el viento que hace bailar una cortina y decido cerrarla por completo.

«No tengo miedo», comienzo a decir entre murmullos, recordando la retahíla que susurraba cada noche.

Ahora, camino hasta el comedor. Trato de no hacer ruido. ¿Habrá alguien en casa? No hay modo de saberlo. No se escucha ni mi propia respiración.

«No tengo por qué temer de los golpes, pues hoy tengo mi armadura especial».

Dudo de si debería llamar a papá en voz alta o si sería mejor buscarlo en silencio; al instante, maldigo la cortísima duración de la batería del viejo celular. Tanteo entre las cosas que están ocultas por trapos y libros en el comedor. Mis dedos alcanzan a tocar una larga cuerda y sonrío satisfecho al ver que es justo lo que necesito.

Sigo hasta la cocina; he dejado el bolso sobre una la más cercana de las cuatro sillas. Al conectar al tomacorriente el móvil, una lucecita blanca con forma de rayo me saluda. «Hola, celular», le respondo sin voz.

A mi derecha, justo al lado del lavaplatos, hay un cuchillo. Está recién lavado. Todavía hay gotitas cristalinas besando su filo.

Una voz me dice que lo mejor es tomarlo.

—Por si acaso —digo.

Los dedos se cierran sobre el mango, apretándolo con dudosa fuerza. ¿Qué se supone que debo hacer, si quien ha entrado a la casa no es papá?

Vuelvo a respirar. Diez veces, Ángel. Otras diez.

«Ni siquiera un monstruo podría dañarme».

Me asomo bajo las escaleras, a la espera de una sombra; no obstante, ninguna aparece ni siquiera después de un buen rato, por lo que decido que ya es hora de ir al segundo piso.

La madera del cuchillo suda bajo mi mano a medida que me acerco al delgado pasillo, decorado con cuadros y antiguas porcelanas en las paredes, que me lleva a la primera de las habitaciones. Acaricio nuevamente el arma y sin atreverme a pensarlo demasiado, entro.

—¿Hay...?

No necesito terminar la pregunta.

Ahí está él.

—Papá... —susurro sin aliento.

«Porque soy invencible».

Él se da la vuelta de inmediato. Las manos le tiemblan, y ahoga un quejido cuando se levanta de la cama y tira el celular al colchón, para acercarse a mí.

Abre los brazos; ahí, me doy cuenta de que es patético que me encuentre al borde del llanto.

Está bien, papá está bien.

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