VEINTITRÉS
PROTOTIPO FAMILIAR
—Ahora sé un buen muchacho y no te muevas o será peor.
La sorna en su voz me inquieta a medida que la aguja se acerca a mi rostro, con el grito que de seguro ha rasgado la garganta de Bianca y la imagen de Miguel petrificado, incapaz de hacer algo que no sea ver la mano de su padre acercarme el veneno.
Puedo intentar evitarla, pero los pies sujetos impiden cualquier escape efectivo. En algún momento, quizá más pronto de lo que me habría gustado jamás, voy a acabar como el colega de papá o esa señora ciega de la calle. No. No hay salida.
Vuelvo la atención a Miguel.
¿En realidad espero que haga algo?
—Máximo, esto está mal —apelo al monstruo que es—. Déjanos ir, por favor.
Aquellas palabras lo detienen por un segundo y me permito respirar; sin embargo, su respuesta me hiela la sangre.
—Ya vieron demasiado. No puedo... dejarlos ir —susurra, antes de retomar el camino que su mano dejó a medias. En un parpadeo noto la presión de la aguja sobre mi piel y pienso en cuánto podría hacer... de no ser por la mano libre que reposa sobre el arma en aparente calma; y en el segundo en que creo que introducirá aquella podrida sustancia en mí, el agarre que tiene sobre la jeringa se afloja y regresa el brazo hacia su cuerpo.
Otro golpe suena frente a nosotros y su cuerpo se tambalea unos pasos hacia la cama de Bianca a mi izquierda, antes de caer con un golpe sordo sobre las baldosas.
Miguel resopla, con la frente bañada por pequeñas gotitas que hacen surcos en su piel, pero más importante que la mirada casi absorta que nos dirige es la tableta que su padre le ha entregado hace un momento, con uno de sus bordes humedecidos por la sangre de Máximo, su padre.
Tarda un momento en recomponerse. Ha pasado los dedos por la mancha y ahora estos se han tintado también, pero lo único que hace es limpiarse con la sábana que recubre el colchón sobre el que estoy.
—Debemos irnos ya —mira a Bianca, quien tiene una de sus manos a la altura de los labios en una pose de susto que quedó congelada antes de terminar—, no tenemos mucho tiempo.
—Estamos atados.
Me asiente para luego tantear el cuerpo inconsciente de su padre, arrebatándole una tarjeta que le identifica y supongo, le da los permisos para desbloquear las puertas del laberinto que es este edificio y otros seguros. Además, toma el arma y en cuanto le recriminamos en silencio, murmura un seco «por si acaso».
Mientras escucho sus exhalaciones entrecortadas, las manos jóvenes acercan la tarjeta a una máquina junto a la camilla de la que se desprende el par de cadenas que me aprisiona. Tiembla. Los dedos son incapaces de marcar correctamente el código de la tarjeta y temo que se desespere y el miedo le corroa la valentía de hace un momento; entonces, me estiro en su dirección y le aprieto el brazo con firmeza.
—Volvemos a ser un equipo, estamos juntos en esto.
—Gracias, A —esboza una débil sonrisa y tras una bocanada de aire, termina de oprimir los dígitos que necesita. La máquina le responde con un par de pitidos previos a algo que parece un chasquido, y tan pronto termina de escucharse, la presión en mis tobillos desaparece y reacciono a ello frotándolos en un acto reflejo. Al ver que ha funcionado, se dirige hacia Bianca y repite el mismo proceso.
ESTÁS LEYENDO
VIDENCIA
Ciencia Ficción«Hola, ciudadano», dijo la voz de la máquina, poco tiempo antes de que el caos se apoderara de las ciudades. Durante años, plagas destruyeron ciudades, el sufrimiento y largas sequías tentaron al peor rostro del hombre. La gente padecía, y parecía...
