Capítulo 2: Miedo

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"Sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario". Traducido como "miedo". ¿Qué era realmente?

Era imposible saberlo sin antes experimentarlo. De cierta manera se puede decir que desde niños pequeños lo sentimos, cuando creemos que nos abandonan o que nos van a reñir. Entonces también se le conoce como algo que nos hace sentir vivos, humanos.

Es esa sensación en el pecho cuando no sabes que decir o hacer y solo puedes esperar. Cuando crees incluso que algo hiciste mal o va a salir de esa manera. O también puedes sentirlo sin saber exactamente porqué.

La oscuridad la rodeó, así fue desde que cayó dormida. Pero ahora una luz intensa la cegó. Bajo ella la sensación de algo duro, estaba sentada, con lo que segundos después reconoció con una silla. Pero exactamente...

– ¡Oh, despiertas! –escuchó una voz barítono frente a ella. No sonaba feliz ni triste, solo monótona.

Sin embargo se hizo una idea al oler el nauseabundo hedor a muerte, uno que odiaba pero habitaba en sus pesadillas.

Al ver mejor, estaba en una sala gris, con una luz blanca en el techo. Ella atada en una silla marrón oscuro, y un hombre fuerte en frente con una igual. La diferencia era que se sentaba con el respaldar adelante de él.

–Bien, como sabrás esto es un secuestro. No podrás salir, correr ni mucho menos escapar –empezó el tipo, se le hacía conocido de algún lugar.

Aunque justo ahora el miedo la dominaba al punto de hacerla sudar sin parar. Recordaba aquellas manos en su piel, el como la lastimaban... Un escalofrío la recorrió.

–Es una larga historia. El punto es que estoy en apuros y necesito la ayuda de alguien –dijo sonriendo–. Tienes dos opciones entonces, me ayudas o mueres –señaló con un dedo a la izquierda de Joselyne, haciendo que esta voltease el rostro. Allí estaba una fila de mujeres. Amordazadas y atadas como ella, pero muertas, tal vez unas nueve.

Entonces ella empujó con fuerza la silla cayendo de espaldas y golpeándose las manos de manera horrible. Era al menos un intento por romper la madera y tratar de escapar. Deseó gritar pero el pañuelo en su boca lo impedía así que solo lloraba sin descanso.

–Mejor allí –dijo él al verla inquieta–. Escúchame. Necesito a alguien dentro de este negocio, soy traficante de... drogas, personas y sobre todo piedras preciosas –lo último lo dijo con avaricia pero entonces aclaró su garganta. Parecía emocionado con la idea de lo que decía–. El punto es que... tengo muchos traidores conmigo, y no sé quiénes son. Así que decidí traer a alguien nuevo, una mujer. A quién yo pudiese enseñar desde cero, criar con mansedumbre. Si quedo vivo, incluso conseguir un diamante muy preciado para mí. Y en fin, ¿aceptas? –entonces levantó con un brazo la silla, mejor dicho la jaló hacia el frente por la madera que unía las patas delanteras.

Él quedó por un momento inclinado a sus pies, al parecer en algún momento había dejado su silla. El cabello lo llevaba en una larga cola azabache, el flequillo bajaba a ambos lados de su cara haciéndolo lucir joven, aunque ciertamente lo era. Sus pómulos eran firmes y no daba señal de mal alimentación o cansancio, más bien había diversión en su mirada. Pero esos ojos... no los olvidaría, él no había sido el que puso el pañuelo en su boca, aunque lo recordaba de haberlo visto en el televisor. Pero allí lo pintaban desnutrido y mal hecho, quizás fuese una foto muy antigua. El gris azuleo de su iris brilló por un momento antes de que se levantase.

–No me has dicho, ¿aceptas? –preguntó esta vez con voz seria. ¿Ese sería su verdadero ser, o tal vez la persona que se divertía matando gente? ¿Quién era real?

Joselyne no pudo más y agitó su cabeza en asentimiento. No iba a morir al menos, ¿aunque qué mucho podía valorar de su vida? Ya le daba igual si la encarcelaban en una celda o seguía aquí encerrada. Ambas eran prisiones.

El Diamante EscarlataHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora